| Ignacio Gómez-Palacio

CHILE Y MEXICO: DOS RECETAS CONTRA LA CLASE MEDIA

Durante la década de los 60’ del siglo pasado, Santiago de Chile era una ciudad pletórica de árboles frondosos de hojas enormes, conocidos como plátanos. Los automóviles que circulaban eran fordcitos, volkswagens, chevrolets. No se veía un Cadillac o un Mercedes Benz, ni por asomo. El chileno de clase media era en promedio una persona tolerante, humana, avenida a su circunstancia y en general culta, que apreciaba la buena lectura y la poesía de Gabriela Mistral y Pablo Neruda.

Ser chileno clasemediero era un privilegio de mesura y honradez. La familia Sanhueza de la calle Moreno podría tomarse como típica: integrada por madre, padre y cuatro hijos, éstos aun en etapa de educación universitaria y bachillerato, se mantenían con el ingreso del padre, funcionario de la oficina postal mas cercana. Él gozaba de un ingreso medio, lo que les permitía vivir cómodamente sin mayores lujos, en casa rentada en barrio de familias de su mismo nivel económico, con tres recámaras y un solo baño que se peleaban entre sí por la mañanas antes de salir a estudios y labores.

Algo que mantenía unida a la familia era el gusto de comer juntos, donde se daban discusiones y alegatos sobre los diferentes partidos políticos de la época. Dos hijos tenían preferencia por un partido de centro izquierda, otro por uno de izquierda, en tanto los padres y la única hija preferían otro partido mas cercano a la derecha moderada. A diario se sentaban a departir el alimento. Lo mismo se comunicaban ideas con seriedad y respeto, que anécdotas de sus escuelas o estallaban en risas producto de boberías o sarcasmos.

A principios de los 70’ y hasta finales de los 80’, es decir, durante casi veinte años, el pueblo chileno fue arrojado a una batidora junto con Allende (izquierda), Pinochet (derecha), represión política con el uso de la fuerza pública, importación de armas e intervenciones económicas de EUA (Chicago Boys, maestros del neoliberalismo). Cuando finalmente se abrió la tapa, se nos dijo que había brotado la luz de un nuevo modelo. Este, pronto asombró al mundo que emitió calificaciones de “oasis” y “milagro” chileno. Para entonces Los Sanhueza se habían dividido, producto de los aciagos veinte años del remolino feroz de la batidora, al punto de provocar que unos y otros reportaran a las autoridades las tendencias políticas de sus hermanos, contrarios al gobierno en turno, lo que les había causado el espanto de ver morir al padre de un ataque al miocardio, cuando los carabineros de Pinochet entraron por un hijo que pasó a ser listado dentro de los desaparecidos. Hoy día, tres de los nietos de la abuela que aún vive, han salido a gritar consignas y hacer pintas, enfrentando con bombas molotov al ejército, enojados por los altos costos de la vida que se incrementan para beneficio de la clase pudiente.

¿Qué sucedió?

Al existir una fuerte contradicción entre la inconformidad del pueblo y los excelentes resultados económicos arrojados por el comportamiento económico chileno, sólo queda esta explicación: a partir del retorno a la democracia en 1990, los gobernantes chilenos no han escuchado al pueblo. Éste, harto por la desigualdad existente, ha salido a las calles con el grito: “Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo”.

Chile se ha situado entre los países ricos del mundo, al haber entrado recientemente a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), sin embargo ocupa el primer lugar en desigualdad entre su población. El 1% de la población acapara el 30% de la riqueza. Al adoptar el sistema neoliberal privatizó todo lo que ha estado a su alcance. El agua que escurre desde las alturas de los Andes, que antes se repartía libremente entre los agricultores y ganaderos, hoy tiene un costo, lo mismo que la educación universitaria que obliga a los estudiantes a endeudarse para cubrir colegiaturas. La salud ha dejado de tener precios bajos o gratuitos. El costo de la transportación en metro es una de las mayores del mundo. Lo mismo puede decirse de gasolinas, gas, vivienda, acceso a playas, estacionamientos, pensiones nimias, etc. En este año el costo de la electricidad ha aumentado casi 20%. A lo anterior debe añadirse escándalos de corrupción gubernamental y empresarial que no han tenido la debida sanción.

¿Cómo se resolverá el problema chileno? No lo sé. Lo que sí sé es que el gobierno está reculando al reconocer haberse equivocado, se han realizado importantes cambios en el gabinete y se ha admitido, al menos verbalmente por el Presidente Piñera, que Chile ha cambiado. Estas son buenas noticias, pero la realidad indica que el pueblo sigue descontento, harto y resentido. Este lunes se llevó a cabo una marcha multitudinaria de protesta hacia El Palacio de la Moneda (sede del Ejecutivo), en demanda de reformas estructurales. Se presentaron fuertes disturbios, el incendio de un centro comercial y enfrentamientos con las fuerzas del orden.

Los sucesos en México son de todos nosotros conocidos. En aras de la necesaria brevedad, no me parece oportuno repetirlos. Únicamente quiero destacar la postura de AMLO, que insiste en dividir a los mexicanos entre los “fifís” (los ricos) y “el pueblo” (los pobres), sin reconocer que existe una importante clase media, la que de acuerdo con la OCDE representa el 47% de la población total, es decir, que la mayoría de los mexicanos pertenece a la clase media. Usar la palabra “pueblo” para separarlo del grupo de los ricos es engañoso y embaucador. Se trata de charlatanería y demagogia irresponsable, expresada para atraer la simpatía de quienes se sienten desposeídos.

Las medidas que en la actualidad se aplican contra la clase media mexicana, nos puede llevar a un símil del fenómeno actual chileno, es decir el hartazgo de la clase media, sin que en la actualidad hayamos llegado al grado de la repulsión chilena, pero a la que sin duda se le está llenando el buche de piedritas y resiente una serie de medidas adoptadas por AMLO y sus seguidores.

La clase media también es pueblo. Y en México empieza a salir pacíficamente a expresar su disgusto en marchas domingueras en muchas ciudades del país. Ya son varias las marchas. Por el otro lado está una mayoría encandilada por un líder mesiánico y casi religioso, que lo observa en silencio en los municipios que sigue visita y visita, y en las mañaneras donde se nota discriminación a medios incómodos al gran tlatoani, muchos de los cuales lee la clase media.

¿Se corre el peligro de un indeseable enfrentamiento de clases? No parece ser el caso, a pesar de la pólvora que AMLO echa continuamente a la lumbre. Lo que me parece que tiene mayores posibilidades de suceder es algo parecido a los sucesos de Chile, es decir, que la clase media se harte al punto del vómito y salga a las calles a pedir el cambio del Ejecutivo Federal. ¿Qué hacer?

Por lo pronto, bien nos haría tomar lectura de las necesidades populares, entiéndase clases baja y media, para darles debido cumplimiento sin asustar a los del dinero. Ponderar entre darles entrada a los empresarios inversionistas pero no descuidar a la ciudadanía. El neo liberalismo a ultranza, que se representa por la globalización en lo ideológico, económico, político, social y hasta climático, debe repensarse. En este sentido, varias de las decisiones de AMLO apuntan en la dirección adecuada.

Debemos de estar conscientes de que el bienestar económico trae aparejado expectativas y demandas que generan desequilibrio, lo que constituye un desencanto democrático (analizado recientemente por Samuel Huntington, Michel J. Crozier y Joji Watanuki). Se trata de bombas de tiempo a las que no debe quitarse el ojo y hacer lo posible por evitarlas, al reconocer su creciente presencia a nivel mundial. Señalaba ayer Genaro Lozano en un excelente editorial, que esta segunda década del siglo XXI, puede equipararse a la de los sesenta del siglo XX y hace un listado de protestas: primaveras árabes, marchas por el derecho a decidir en Argentina y México, menos aumentos en Ecuador y nuevo pacto social en Chile, a las que habría que añadir marchas contra las elecciones en Bolivia, Venezuela, Nicaragua, etc.

Llama la atención que el disgusto de la clase media chilena y el creciente de la mexicana, se deben a actos cometidos por un gobierno de derecha y otro de izquierda. En cierta medida es natural, ya que hoy dia la izquierda y la derecha se confunden. Ni la derecha es tan de derecha, ni la izquierda es tan izquierda. Ambas tienden al centralismo. Ahí está AMLO apoyando el nuevo tratado de libre comercio con EUA y Canadá, documento neoliberal y globalizador, sin que al parecer se le alborote una sola de sus plumas.

Chile por la derecha y México por la izquierda, ambos países han tomado pasos que perjudican a la clase media. Esta se resiente. ¿Qué hacer? Se requieren actos de equilibrio. La receta del milagro chileno se les salió de curso a sus gobernantes, lo que es factible que le suceda a AMLO. Ambos gobiernos deben estar atentos a la importancia de mantener el necesario equilibrio, aprender cómo lidiar con dos toros en el mismo redondel: la economía próspera y la ciudadanía. Ambos países necesitan de una y de los otros.

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