| Ignacio Gómez-Palacio

DE PERROS Y GATOS

                                                                         

 

 

 

De niño, siempre quise tener un perro o un gato. Mi padre y mi madre, los dos trabajaban. Vivíamos en una privada con área común, sin jardín particular. ¿Cómo pedirles que cumplieran mi sueño? A los 24, recién casado, adquirí un cachorrito cocker spaniel negro que resultó cruzado con labrador. Nos enamoramos perdidamente. Le siguieron muchos (Snowflake, Linder Tara, Choguí, Genoveva, Pía, Goss, Sopluk, Minga, Tash y Anapurna, hasta donde me acuerdo). Hoy nos acompañan Ada y Machingüepa (no Machinhuepa) con quienes salgo a pasear 4 o 5 veces a la semana. Después de tantas décadas de esta costumbre, se me ha olvidado pasear sin perros.

         Aunque la relación con mis gatos es felina y por ende a distancia, también los he gozado. Hoy en el almuerzo le tomé una foto al Pirata parado sobre un tronco con el fondo verde de las plantas. Son extraordinariamente bellos, distinguidos y piezas de arte permanentes en el hogar. Su compañera es La Nana. Igualmente son muchos en la lista histórica (Minuet que con el tiempo fue La Abuela, Dominó, Mariposita, La Doña (María Felix), Fantasma, Kafka, Mambo y algunos mas).

¿Cómo es que ambos se convirtieron en animales domésticos? ¿Cuál es la historia atrás de estas relaciones que nos aportan tanto? ¿Cómo fue que el perro y el gato empezaron a seguir al hombre y establecieron una sociedad que persiste de mil maneras hasta nuestros días? ¿Cómo es que existen tantas razas de perros y gatos que cumplen funciones diversas, que lo mismo cazan ratones que arrean borregos o ayudan a cazar leones?

         Decidí preguntarle a La Hormiga Arriera, cuyas opiniones me han interesado e intrigado a menudo, pero antes, como sal y pimienta de esta lectura, te platico que Pifi, mi primer perro tuvo una reacción de celos extremos a partir del momento en que entramos a la casa con nuestro primogénito en brazos. Habíamos cumplido dos y cacho años de casados. De las manifestaciones de cariño colosal y jugueteo patas para arriba, en demanda de caricias de mi esposa que se las brindaba sin límites, pasó a no dejarse tocar por ella y salirse de cualquier cuarto donde entrara. La había ofendido mas allá de lo soportable. El bebé, posiblemente se había convertido en su enemigo. Esto sucedió en la tarde-noche en que llegamos y durante el resto del día siguiente, en el que exageramos cuidados. Esa noche me senté en la sala con Pifi y sus ojos de puchero. La acaricié. Conmigo no tenía problema alguno. Entonces, le narré un cuento de Edgar Allan Poe en el que a una pareja les sucede lo mismo y regalan al perro a unos amigos. Meses después, en una ocasión en que se encuentran de visita, dejan la carriola cerca de una pendiente y el perro la empuja. El bebé muere al caer sobre una piedra.

         Pifi, le dije, comprenderás que no te puedo regalar y menos a personas que quizás vea en el futuro. No puedo correrme el riesgo. Se trata de mi hijo. Por lo que si para mañana no te corriges, te voy a dormir con el veterinario.

         En mi relato emplee lenguaje similar al que hubiera sostenido con un hijo adolescente. Quería que la perrita supiera mi decisión y quise darle la oportunidad.

         A la mañana del dia siguiente, Pifi entró a nuestra recámara donde estábamos con el bebé, lo olió, le movió la cola y de ahí en adelante se convirtió en su guardián y compañero, que durante años se le subía a la panza para jugar.

Cedo la palabra a quien está pendiente de contestar:

 

La Hormiga Arriera

El estudio de la relación del hombre con el perro y el gato, ha provocado estudios científicos de envergadura y pasiones encontradas de quienes apoyan una u otra tesis, en ocasiones no desprovistas de sentimientos que ciegan el análisis que demanda el tema.

Empecemos con el perro, un animal íntima y fuertemente conectado con la historia de la humanidad. La prestigiada revista Science dedica un ejemplar a la historia compartida del perro y el hombre, que puede ser consultada por quienes les apasione el tema. Por su parte la revista Current Biology establece la relación perros-humanos desde hace 27,000 a 40,000 años, basada en los huesos de un ancestro común a los lobos encontrado en Siberia, que data de hace 35,000 años, cuando los humanos eran todavía cazadores recolectores que no se había iniciado en la agricultura.

Lo anterior informa sobre fechas posibles, pero no contesta como surgió esta sociedad. La teoría que me ha parecido la mas probable y que contesta las mayores dudas, se sitúa al origen del hombre erecto en África, de donde surgen dos ramas, la que se queda en ese continente y desaparece, posiblemente atacada por las fieras y otra que se encamina al norte y llega a Euroasia. Camina con la nariz y la boca extendidas, para poder olfatear a lo lejos y gruñir. No tiene espacio para las cuerdas vocales y mucho menos para el refinamiento que estas requieren para emitir sílabas y balbuceos. Entonces le sucede el encuentro feliz que habría de cambiar su historia. Establece una relación de dependencia mutua con el perro.

¿Cómo sucede? La especulación es infinita: el perro recogió un hueso de un animal que devoraba el hombre. El perro lo siguió. El hombre recogió unos cachorros de lobo y no se los comió. Los hizo parte de su grupo. Les dio alimento y ellos respondieron agradecidos cuidando a sus dueños a quienes los reconocieron como tales, ya que a falta de comida se alimentaban de sus heces, razón por la que muchos canes hoy conservan la costumbre (teoría de Francis Galton en 1907).

El encuentro de estas fieras, el hombre y el perro y su pacto como una relación de dependencia mutua, es un encuentro mágico: el hombre, por primera vez, ¡imaginar!, por primera vez puede dormir tranquilo, a sabiendas que su socio-perro le avisará del peligro. Conforme pasan los siglos y los milenios, esa anhelada paz se traduce en hechos asombrosos: la nariz protuberante empieza a reducirse debido a que cede la necesidad de olfatear la amenaza, lo que le da espacio para el desarrollo de las cuerdas vocales; inclusive, los órganos auditivos y la percepción de sonidos a distancia se disminuye dejando espacio libre para el desarrollo del cerebro. Ese pacto de fiera (el hombre) con fiera (el perro salvaje), nos coloca en el inicio del camino que hoy transitamos (automóviles, aviones, computadoras, la conquista del espacio sideral, la cibernética, la inteligencia artificial, etc.).

El tema resulta fascinante. Ejemplos de ello son el descubrimiento de cierto aplanamiento en las puntas de las vertebras dorsales en la osamenta de antiguos canes, a los que además se les encontró la falta de pares de molares en la parte posterior del hocico, lo que sugiere la utilización de estos para transportar cargas pesadas, junto con algún tipo de brida para su control y quizás para tirar carretas pequeñas. Obviamente, también se considera su entrenamiento como compañeros de caza, como es el caso de los perros que hoy se usan para el rescate de patos y faisanes en zonas pantanosas, así como pastores, rescate y ayuda a personas con capacidades diferentes.

Los gatos son otra cosa. Se trata de un animal de culto venerado por egipcios y faraones de la antigüedad, los que por otro lado fueron quemados vivos en la hoguera durante la Edad Media, al tratarlos como animales diabólicos a los que se temía. Se les estima por su elegancia, belleza, indolencia y actitud señorial, convirtiéndose en símbolos en diferentes regiones, como por ejemplo en China donde fueron reverenciados al representar la paz, la fortuna y la serenidad familiar.

Se considera que fueron domesticados entre el año 7,500 a.C. y el 7,000 a.C., cuando el hombre se inició en la agricultura y embodegó grano que las ratas y ratones se comían, además de que al eliminar a los roedores se combatían plagas como la peste.

Si bien, los gatos aparecen pintados en conchas, pinturas murales y vasijas egipcias, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences señala que su localización inicial proviene de China, aunque datan su presencia en la dinastía Han (siglo II a.C. al III d. C.), fechas posteriores a los hallazgos de osamentas en tumbas egipcias.

Los mininos han sido nombrados de diferentes maneras. Los griegos los denominaron ailouros (animal que mueve la cola), razón por la que a los amantes de los gatos se le conoce bajo el término “ailurofílicos”. Los egipcios los bautizaron con la sorprendente onomatopeya myeou.

El pueblo de la antigüedad que destaca en cuanto a su cariño y respeto por los gatos son los egipcios, que colmaban con honores y riquezas sus funerales, al punto de afeitarse las cejas en señal de duelo y acompañar los pequeños sarcófagos con ratones momificados para que pudiesen jugar con ellos en la otra vida. Cuenta la historia que en 525 a.C. el general persa Cambises II ordenó capturar cientos de gatos y atarlos a sus escudos para combatir a los egipcios. Éstos cedieron la ciudad de Pelusium sin presentar combate, para que los felinos no sufriesen daño alguno.

La historia del gato es larga y llena de anécdotas y de tratamientos diversos. Invito a mis lectores interesados, mis lectores ailurofílicos a escudriñar su historia mas reciente en India, Japón, Europa Medieval y meter las narices al listado de cerca de 100 razas (persa, abisinio, scottish fold, british short hair, etc.), donde se encuentra la sorpresa del gato sin cola (el gato manx). Dentro de las federaciones destacadas dedicadas al gato están la inglesa Governing Council of the Cat Fancy, la estadounidense Cat Fancier Association y el Cat Club de París.

En otra ocasión te platico de caballos, los que merecen una Hormiga aparte. 

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