| Ignacio Gómez-Palacio

EL MIEDO Y LA IGNORANCIA

 

 

 

 

 

 

Eran las cinco de la madrugada en la Ciudad de México. En la esquina de Tabaqueros y República de Uruguay, en el centro de la ciudad, platicaban El Miedo y sus hermanos mayores El Terror y El Pánico. Recién se había celebrado la llegada del Año Nuevo de 2020. Varios botes de basura despedían olor fétido de casi una semana, en la que los recolectores aflojaron el paso con motivo de las fiestas. Perros y gatos habían despanzurrado bolsas selladas, en lo que fue banquete orgiástico y callejero que duraba mas de la cuenta.

—Hace tiempo que no he podido ejercer mi función a plenitud —dijo El Pánico, con esos gestos descompuestos que lo caracterizan—. Ya no es como en los viejos tiempos de las invasiones de los bárbaros, de la peste bubónica o las atrocidades de genocidios como el armenio.

—A mi también se me ha caído la chamba —dijo El Miedo—. Como se sabe que yo toco con mi mano fría a cada ser humano al nacer, creen que me conformo y ahora resulta que cada día son mas a quienes les gustan los deportes y actividades de alto riesgo. Hasta los temores de guerra nuclear están a la baja. Las simpatías a nuestro enemigo El Riesgo, están en aumento. Ya son muchos los que vuelan, bajan montañas en esquíes a grandes velocidades, permiten con gusto que los revuelquen olas del tamaño de catedrales, corren automóviles, motos y todo tipo de vehículos a aceleraciones nunca vistas. La adrenalina se ha puesto de moda.

El Miedo se acomodó los dedos de la mano izquierda, flacos como lápices y se recargó en la pared caliza. —Ahora los jóvenes de ambos sexos cambian con inaudita frecuencia de trabajo, salen de viaje por el mundo sin dinero, comen cualquier cosa y andan felices presume y presume su desfachatez, sin importarles la seguridad del trabajo fijo. Por mas que me he acercado a tocarlos, parece no afectarles.

—Todo eso va a cambiar —aseguró El Terror, que no había pronunciado palabra, limitándose a observar con su mirada de coyote hambriento. Se lo debemos a un virus de origen chino que empieza a infectar a las personas que residen en la ciudad de Wuhan. Son los primeros casos de la mortandad que se va a desparramar por el mundo entero, ya que se trata de un virus de altísima capacidad de contagio. Le dicen el “coronavirus” y va a provocar pandemia. Los humanos van a sufrir y habrán de pelearse entre ellos, como en los viejos tiempos del Imperio Turco, de las conquistas mongoles y la Primera Guerra Mundial. Las muertes se multiplicarán como en el caso de viejas enfermedades como la tuberculosis, la peste negra, el cólera y hasta el beriberi precisamente en China.

Para su fortuna, los tres estaban desprovistos de capacidad olfativa, por lo que no tenían molestia alguna del olor que desprendían los basureros que al despertar de la mañana elevaban su pestilencia.

—Pero, para que esto surja, si queremos que no nos olviden, —interrumpió El Pánico—, invitemos a nuestro aliado. ¿Lo recuerdan?

— ¿Cómo olvidarlo? ¡La Ignorancia! —dijeron al unísono.

—No existe mejor combinación para llevar a los humanos al fracaso y quizás a su exterminio. En el pasado hemos logrado juntarnos con La Ignorancia con grandes resultados, al punto que la humanidad no nos olvida por varios siglos —aseguró El Terror y encarrerado siguió— La Ignorancia reina en las mentes de poderosos políticos que influyen con su desconocimiento y hasta ingenuidad en las masas. En Filipinas, México, Venezuela y otros países, La Ignorancia tiene asentada sus reales, lo que debemos aprovechar.

—Podríamos invitar también a La Mentira, —continuó El Terror—que sin duda tiene bastante fuerza. La Ignorancia y La Mentira sumadas pueden darnos buenos resultados.

—No hay necesidad de correr el peligro de que La Mentira se descubra. Mis años me han llevado a concluir que La Ignorancia en seco, La Ignorancia solita, es lo mas dañino que puede haber, —dijo acoyotado en un zaguán, El Pánico—. Escúchenme bien, La Ignorancia nos llevará a reinar con nuestro trío único de miedo, terror y pánico. La vehemencia de los discursos de Hitler se debía a que estaba convencido que sus tesis no eran mentiras. Simple y sencillamente se trató de un fanático ignorante, y en este momento, es lo que mas nos conviene. No hay porque correr el riesgo que La Mentira trae aparejada.

El Miedo había permanecido callado. Los demás volvieron la cara a verlo, ya que le reconocían su jerarquía. El miedo es raíz y principio de donde abreva El Terror y El Pánico. Al sentir la presión de los demás: —Estaba pensando que existen países como este donde hoy nos encontramos, en los que la educación se ha dejado en manos de políticos y el apoyo a la ciencia y a la cultura se ha reducido drásticamente, lo que es señal inequívoca de ignorancia. Esto lo hace lugar propicio, aunque no debemos descartar que gracias a la ignorancia futbolera de otros países como Italia, España y Francia, es vasta la cantidad de personas no van a tomar en serio las advertencias para evitar el contagio maligno de este virus. Es admirable la labor que ha llevado a cabo La Ignorancia, al grado de que es mínimo el número de gente que aprecia la lectura; saben mas de deportes que de civismo, del nombre de jugadores que de sus derechos ciudadanos en la sociedad en la que residen. Es de sorprender que en México se ha eliminado del plan de estudios de secundaria la materia de civismo. He aquí donde La Ignorancia ha hecho un trabajo que se antojaba imposible.

Al tomar un respiro profundo, El Miedo se chupó la flacura de su dedo índice y dijo: —En pocas palabras, La Ignorancia nos ha preparado el camino fértil para que nosotros El Miedo, El Terror y El Pánico entremos de lleno a esta sociedades y de una vez por todas —ahora con entusiasmo desbordante— los toquemos con la fuerza necesaria para que no nos olviden. Con seguridad, pronto nos habremos de encontrar a La Ignorancia. No seamos ingratos. Debemos expresarle lo agradecidos que le estamos. Su labor obra directamente en nuestro beneficio.

 

La Hormiga

El momento que se vive es de pandemia. Pocos lo entienden. Nunca la han vivido y consideran que todo esfuerzo en contener el contagio es exageración y hasta payasada. Requerirían ver el virus, como pueden ver al enemigo en las películas de Godzilla o El Monstruo de la Laguna Negra.

 Tomar tequilas con los amigos, ver partidos de futbol en la televisión del bar de la esquina en compañía y no solos en su apartamento, subirse a un medio de transporte público, retomar el juego de póker de la semana pasada,  etc., son actos de altas posibilidades de contagio y sin embargo el ignorante tiende a hacerlas menos y a no desaprovechar el tiempo libre que le ha dado el empleador al ordenarle permanecer en casa hasta nuevo aviso.

El mayor riesgo que hoy corre la humanidad es la combinación letal del coronavirus y la ignorancia. No olvidarlo.

 

 

Etiquetas: coronavirus

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