| Ignacio Gómez-Palacio

EL NIÑO DE LA LAGUNA NEGRA (CHINA)

Al Vice Dean Wang Chenguang y a la profesora Li Mei Chin

La masacre de la Plaza de Tiananmén ocurriría en unas semanas. No lo sabíamos. Nadie lo sabía. Quizás algunos de mis alumnos fueron asesinados. Hoy todavía lo desconozco. Murieron miles de intelectuales, estudiantes  y trabajadores. Acribillados por el ejército rojo. Sin capacidad de defensa. Refugiados en la utopía de querer el cambio. Escribir esa experiencia me hiela los dedos. Mi esposa y yo residíamos en Beijing. No como turistas, ni como funcionarios de gobierno, sino como civiles que vivían cerca de la gente, de mis discípulos y colegas profesores. Comiendo la comida de ellos. Durmiendo en lugares y casas similares. Nos alojábamos en la Casa Shao-Yuan, la que años atrás había operado como centro de tortura de la viuda de Mao. Ahí se albergaban los profesores universitarios foráneos. Llegué invitado por el Departamento de Derecho de la Universidad de Beijing (Bei Dá, —Campo Norte—, como la nombran los chinos), a impartir un curso sobre operaciones internacionales de negocios (internacional business transactions). La residencia se localiza en el campus universitario a un costado de una laguna orgullo de profesores y estudiantes. La universidad estaba amurallada, con cuatro entradas en cada uno de los puntos cardinales, custodiadas por guardias del ejército rojo. En cada una, dos tubos de fierro de tres pulgadas de grueso en el suelo, a distancia de un metro, obligaban a los ciclistas a cruzarla a pie. Eran tiempos de millones y millones de chinos en bicicleta, con idéntica vestimenta, el célebre traje Mao, lo que los hacía comunes es decir, buenos común-istas. Pocos automóviles, todos con bocinas chillonas de uso constante, lo que me parecía una agresión y hasta un insulto a los transeúntes. El inicio de la primavera de 1989 se había distinguido por un clima templado y la animadversión silenciosa estudiantil, de la que los profesores extranjeros poco sabíamos.

El personal de cocina y limpieza en la Casa Shao-Yuan era el mismo que en los tiempos de la viuda de Mao. La cocina minúscula, con un sartén enorme en el centro (de mas que menos un metro de diámetro). Con frecuencia, mientras comíamos platillos condimentados con hierbas, nueces y carne pellejosa (sin que hubiera otra opción), se alzaban gritos de los cocineros. De inmediato salían expulsados y en tropel seguidos de una bocanada de fuego que se introducía al comedor, ya que el aceite se prendía sin misericordia para quienes cocinaban a su alrededor. Cuando nos percatamos que la media hora escasa que nos concedían para el alimento, coincidía con el horario del agua caliente para el baño, decidimos hacer dos comidas al día y la tercera completarla con galletas y embutidos que trajimos de Hong Kong.

La laguna era de aguas pútridas, mas negras que el negro del azabache. Despedía olores de ciénaga. Por la mañana, salía a pasearme junto con mi mujer en un camino que corre a la orilla. Varias veces pensé que en sus aguas debió haber vomitado un dragón de siete estómagos negros. Pero ahí estaba. Como una cosa acechante. Como lo otro de nosotros, el algo que nos observaba. Los patos que ahí nadaban nos hacían pensar en el famoso pato laqueado de Pekin y preguntarnos si provendrían de estanques con similares fetideces. Durante semanas observé la tinta negra con horror y fascinación. Como un objeto con vida y muerte entrelazadas. Carente de letras y palabras para expresarse e inmerso en la agresión de su brutal presencia.

La Casa Shao-Yuan era la única con drenaje. Alrededor, cientos de excrementos humanos sobre el pasto aún quemado por el invierno, le impregnaban al mundo la peste nauseabunda de la mierda. El primer día de nuestra estancia, cometimos el error de abrir la ventana a primera hora de la mañana. Recibimos la bocanada agridulce de la caca. En lo sucesivo, esperábamos a la tarde para abrir, una vez que el sol y el aire hubieran degradado la fetidez. Esa media mañana, corría un vientecillo que aligeraba el hedor.

La llegada al aeropuerto de Beijing a medio día, dejó en nosotros las primeras huellas de asombro ante lo indescifrable. La dimensión de la terminal aérea era mínima y nadie nos esperaba. Como pudimos nos acercamos a la salida con nuestro equipaje de mano y cinco maletas, donde traíamos jabones, papel higiénico, chocolates, café, toallas, sábanas y cuanta chuchería se nos había aconsejado, por no poderse conseguir en China. Entre los dos no podíamos soportarlas. Cada uno cargaba dos y la otra la empujábamos. Observar la calle repleta de cientos de chinos que nos gritaban y hacían signos incomprensibles, sin poder distinguir un letrero con nuestros apellidos, durante una espera de media hora, fue tortura de estómago fuerte, hasta que finalmente un joven profesor que llegó retrasado y sonriente, alzó la mano con una hojita tamaño carta con “Gómez-Palacio” escrito con plumón negro. 

Camino a la universidad, el pequeño automóvil de nuestro chofer tomó un camino recto y asfaltado de quince o veinte kilómetros de largo, de un solo sentido hacia la ciudad. El otro sentido, es decir hacia el aeropuerto, estaba a la vista como a 300 metros de distancia. Era el ancho del camellón entre ambos, de tierra seca sin una sola planta, monumento o construcción, salvo algunos árboles desperdigados. El viento levantaba leves polvaredas. Entonces sucedió lo que hasta la fecha nos tiene con la boca abierta. Ahí, en medio de la nada, sin ningún otro elemento o persona que compitiera con el suceso, se encontraba una mesa de billar impecable, donde dos chinos vestidos a la usanza occidental jugaban con toda seriedad un partido de carambola. Buscamos una cámara de cine cercana, la silla de Fellini. Nada. Conforme nos alejábamos de la aparición nos dimos cuenta de que China no tiene igual y esta era nuestra primera inmersión.

Una media mañana observamos en una orilla lejana del lago adyacente a la Casa Shao-Yuan, a un grupo de cien y tantos chinos que llamaron nuestra atención, por los aplausos y alaridos que dirigían a un niño occidental con pelo rubio como el oro, que en traje de baño, levantaba los brazos en señal de que se echaría un clavado, lo que me pareció un espanto imposible de evitar. Nos separaban varios cientos de metros. Sería devorado me dije. No vivirá. Mientras esos pensamientos me obnubilaban, el escuincle, sin mediar mayores trámites procedió a perderse entre los vómitos del dragón.

El chiquillo resurgió de las aguas asquerosas con hebras negras de podredumbre en el pelo y braseó hacia una pequeña isla de hierbas descuidadas, que debió conocer tiempos mejores. Al llegar a su destino, otro alarido del público entusiasta le hizo levantar los brazos en señal de triunfo. Sorprendidos, nos acercamos al grupo. Todo era júbilo y alegría. No habría mas remedio para el niño que nadar de regreso, lo que volvió a angustiarme. Seguido de su merecido descanso, volvió a levantar los brazos y el aplauso no se hizo esperar.

Clavado. Braceo. Risas de incredulidad. Gritos de asombro y contento. Y la cabellera dorada contraste con la negrura líquida que lo rodeaba, se volvía de un lado al otro de su pequeño cuerpo. 

Braceo. Braceo. Braceo.

En la orilla donde lo esperábamos salió sin dificultad. Varias babas obscuras le escurrían del pelo. El cuerpecito embadurnado por la bazofia. 

Dirigiéndose al grupo en perfecto español, con acento mexicano, espetó con tamaña sonrisa: PINCHES CHINOS. TODOS. TODITOS. ¡VAYAN Y CHINGUEN A SU MADRE!

¡Aplausos!

Días después, en boca de su mamá, nos enteramos  que el chamaco de once años era hijo de una pareja de mexicanos. El estudiaba acupuntura a varias horas en tren. Ella, hija de alemanes, nacida en México, trabajaba de secretaria en la Embajada de Argentina y residía con su hijo dentro de la universidad, con la ventaja de poder dejar a su hijo en la guardería. De las anécdotas que nos platicó, destaca una que titulé Chinos Chinos Chinos, que incluyo en esta obra.

Debido a nuestra imprevista salida, motivada por las manifestaciones que se iniciaron en la Plaza Tiananmén, donde se paseaba a la vuelta y vuelta a La Diosa de la Democracia, esculpida  por los estudiantes de Bellas Artes, y que culminó en la conocida matanza, salimos sin los datos de nombres y apellidos de esta familia de paisanos. 

Vivimos momentos de angustia, ya que mis colegas profesores universitarios me aconsejaron salir en cuanto pudiéramos, lo que trajo el enorme problema de cambiar nuestros pasajes aéreos de regreso. El de mi esposa fechado para mediados de junio y el mío para finales de julio, esto mientras los estudiantes eran atizados a cinturonazos por los guardias rojos, a unos pasos de nuestras habitaciones. En esos momentos lo que anhelábamos era salir con vida. 

¿Cómo logramos cambiar nuestros boletos y salir a tiempo? La necesidad, decía mi padre, “tiene cara de hereje” (lo que asumo es un dicho que data de las persecuciones y la temible mano de la “Santa” Inquisición). Varias ocasiones lo intenté con la aerolínea (Air China) y con diferentes agencias, las que siempre me informaron de la imposibilidad de lograrlo. En tanto la violencia iba en aumento, me mordía las uñas al pensar que entre la turba ignorante, como lo fue durante la revolución cultural china, nos liquidara, mientras zarandeáramos en la mano una banderita mexicana para pedir trato diferente. El simple hecho de residir en la universidad, donde parte del movimiento estudiantil se gestaba, podía tener inferencias negativas en nuestra contra. Ciertamente una pareja de estadounidenses con dos niños, en la Casa Shao-Yuan, tomaron la postura de apoyar abiertamente el movimiento estudiantil. Llevaban meses y meses, quizás años de estar en la universidad y tenían mayor conocimiento de los hechos y su motivación.

Con el niño atravesado, se me ocurrió buscar a quien tuviera la influencia para ayudarme. Como no conocía a persona alguna fuera del ámbito universitario, le pedí a la secretaria del director del Departamento de Derecho que me hiciera una lista de funcionarios públicos que pudieran interesarse en platicar con un profesor mexicano experto en inversión extranjera. Desde el vice primer ministro y miembros del gabinete a subsecretarios y directores generales de agencias relacionadas con el tema. La preparación tomó varios días. El listado fue como de treinta personas. Después le pedí hablara en mi nombre e hiciera la petición. Las negativas o promesas de buscarme en el futuro por diversos motivos de ocupación se repitieron, hasta que logramos la anuencia de Mr. Hu, Presidente de la Comisión de Arbitraje de Asociaciones de Capítal (Joint Ventures) en la Republica Popular China, de concederme una entrevista de quince minutos.  

La reunión se llevó a cabo en la institución, una casona en el centro de Beijing. El funcionario me recibió en su oficina particular de dos pisos, cada uno de 200 o 300 metros cuadrados, conectados, en un área de techos altísimos, por una escalera que me recordó la película de Lo que el Viento se Llevó. Hice lo posible por lograr una conversación que pudiera interesarle, lo que logré, ya que seguido de dos horas y media de charla ininterrumpida, me acompañó personalmente hasta el automóvil donde me esperaba el chofer de la universidad que me había transportado. Me percaté de la cara del personal y el chofer, asombrados de que Mr. Hu me hubiera corrido la cortesía de acompañarme hasta el automóvil. 

Llévame a Air China le pedí al chofer. Al llegar, bájate conmigo. Frente al empleado de la aerolínea, dile de donde venimos y quien me acompañó hasta el carro. Acto seguido y sin problema o condición alguna, me cambiaron los boletos para salir esa misma tarde con destino Hong Kong. Al llegar, el macro anuncio de Marlboro en el aeropuerto me supo a gloria y libertad. El territorio aún era colonia británica.

FIN


Epílogo: En política, como dijo Tierno Galván, se está en contacto con la mugre. Lo digo porque antes de dar clases en la Universidad de Beijing, impartí un curso de seis semanas en la Universidad de Hong Kong. Ahí me informaron del movimiento en contra del máximo líder chino Deng Xioping, a quienes varios consideraban que caería en mayo de ese año de 1989, ya que sus posturas liberales eran inaceptables para el importante grupo conservador que prevalecía en China. Después de la matanza de Tiananmén y de múltiples pláticas con colegas y amigos chinos, llegué a la conclusión que el movimiento liberal y la exhibición día tras día de La Diosa de la Democracia en la plaza, fue iniciada y promovida por Deng a efecto de apoyar la liberización y posterior globalización de la economía. En la china que me tocó vivir, cerca de quienes me invitaron a sus casas, percibí la imposibilidad de una huelga de hambre estudiantil sin apoyo gubernamental. La matanza logró los mártires necesarios, así como para llevar a cabo una demostración a favor de quien seguido llegó a una visita de estado: Michael Gorbachev.

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