| Ignacio Gómez-Palacio

Gasolinísmo de México y del mundo.

Alcohólicos Anónimos, clínicas especializadas y otras soluciones, surgieron ante la dependencia enfermiza del alcohol. ¿Qué pasos vamos a tomar ante la dependencia enfermiza de la gasolina que nos afecta y que provoca que familias enteras hagan enormes colas para lograr unos cuantos litros, como si se tratara de oro líquido? El alcohólico y el gasolínico comparten una dependencia malsana y similar. El alcoholismo y el gasolinísmo son hijos de la misma familia. La familia de la esclavitud y la sumisión.
¿Para qué creamos las ciudades? ¿Para la gente o para los automóviles? ¿Por qué dependemos de tantas máquinas que se alimentan con gasolina? ¿Por qué la proveeduría de los mercados, malls y centros de salud depende totalmente de la gasolina para funcionar? ¿A donde han llevado a la humanidad entera nuestras autoridades, urbanistas e inventores? ¡a qué nos humillemos por unos cuantos litros que nos permitan sobrevivir!
La solución que los urbanistas y las autoridades le han dado a nuestra manera de vivir, pende de un hilo mojado del contaminante y apestoso líquido. La crisis por la que pasa México, nos obliga a recapacitar. Nuestra dependencia de la gasolina es excesiva, lo que incluye lo mismo áreas habitacionales que fabriles, turísticas, zonas comerciales y de cultivo en el campo y por supuesto necesidades de transportación. Llevo muchas décadas de residir en la CDMX y esto nunca había sucedido. Estamos acostumbrados a los apagones, la falta de gas butano, los cortes de agua, los cierres del metro, las calles cerradas por manifestaciones y demás chuladas, pero no a la falta de gasolina.
Ha llegado el momento de pensar diferente. Esta crisis gasolinera nos invita a hacerlo. Hoy nuestra dependencia es absoluta y por ende domina nuestra mente, vida diaria y conversaciones. Es obvio que debemos cambiar. Es obvio que además, los productos petroleros son importantes causantes de la contaminación y el calentamiento global. Es obvio que requerimos buscar y encontrar soluciones propias a nuestra idiosincrasia y necesidades, no sin dejar de ver lo que el resto del mundo hace. ¿Cómo pensar diferente? Un ejemplo está en las bicicletas, las ciclopistas, el auto eléctrico, el metrobús y el metro. Son pasos en la vía correcta, pero requerimos mejorar el transporte público, uniformar criterios e incrementar remedios o continuarán aumentando sin control el número de vehículos a gasolina particulares, ciclistas atropellados, crisis de combustible, etc.
La necesidad de pensar diferente la expreso en este artículo con más de setenta años de vida, pero abierto al mundo cambiante. Todos, yo incluido, estamos sujetos a la sentencia de “cambiar o morir”. Por ello deseo estimular a las autoridades y a los jóvenes a modificar su manera de pensar. A meditar los problemas de dependencia gasolinera y con creatividad encontrar soluciones.  Son una nueva generación y a ellos corresponde dejar atrás posturas que corresponden a generaciones que van de salida, como lo es el obsoleto deseo de muchos adultos en la actualidad de comprar carros, uno tras otro.
El tema del “bienestar” de las comunidades es un tema de punta en la planeación urbana moderna. En el mundo anglosajón se le conoce como “community wellbeing”. Sería conveniente que nuestra recién estrenada jefa de la CDMX se acercara a expertos urbanistas, sobre todo hoy que al menos en promesa se desea trabajar para nuestra ciudad con inteligencia y sin corrupción. Lo mismo deberían hacer presidentes municipales en el campo y ciudades pequeñas, agrícolas, industriales y turísticas.
Invito a reflexionar y volver la vista a otras partes del mundo donde el uso del automóvil empieza a controlarse, consciente de que hoy la gasolina es de primera necesidad para los transportistas de productos en carreteras, hospitales, mercados, etc. En París, se han prohibido vehículos en caminos a un costado del Río Sena. En Oslo, a partir de este año no se permite la circulación de automóviles en el centro de la ciudad. Denver está invirtiendo una fortuna para ampliar las banquetas e invertir en transportación pública a efecto de que sus habitantes residan a una distancia máxima de un cuarto de milla de sus casas o departamentos. Madrid está prohibiendo el uso de automóviles para no residentes. Y la Ciudad de México y muchas otras de nuestro país, están dormidas en sus laureles, construyendo segundos pisos, vías rápidas, pasos a desnivel  y enloqueciendo a sus habitantes con tráfico infrahumano, que día con día tira a la basura millones de horas de trabajo de mujeres y hombres sentados en sus carros, en general papando moscas.
A los automovilistas enfurecidos con este artículo habrá que decirles que se equivocaron de siglo. Debieron morir antes del advenimiento del siglo XXI, éste que nos obliga con absoluta seriedad a tomar en cuenta las dañinas emisiones de su juguetes preferidos o de lo contrario vamos a eliminar nuestra presencia en este maravilloso planeta.
Debemos colocar el bienestar de los residentes de las ciudades en el centro de un urbanismo moderno y dirigido a priorizar a las personas y familias. Nuestros pies son un gran método de transportación, como también lo son las bicicletas y sus similares de dos y tres ruedas. Ambos medios se les ha venido colocando en el sótano de la tabla de conveniencias y por el contrario se le ha dado al automóvil en circulación y estacionado, el privilegio de ocupar enormes espacios y emitir gases contaminantes.
Si el desabasto de gasolina nos hace reflexionar sobre nuestra necesaria y exagerada dependencia y buscamos verdaderas soluciones, habrá valido la pena. Es posible que la falta de gasolina pueda convertirse en buenas noticias, si es que la sabemos aprovechar. Hoy, todos estamos conscientes de lo que sucede por la escasez de este combustible. Ojalá y nuestros filántropos que han empezado a florecer, apoyen la búsqueda de soluciones al gasolinísmo y a que nosotros los gasolínicos que requerimos auxilio. Aprovechemos esta ola de dificultad gasolinera para encontrar el estímulo que nos impulse a buscar caminos nuevos.

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