| Ignacio Gómez-Palacio

Horrores superados por la Reforma Judicial (Juicios Orales)

En esta ocasión, voy a tomar de mi nueva novela “El Francotirador de Palacio Nacional”, dentro de la que se inserta una crónica sobre quienes iniciaron el movimiento ciudadano para la adopción de los juicios orales, el siguiente texto, que relata un hecho real sucedido en 1998:

“Te voy a contar lo que me pasó hace unas semanas, le dije a mi amigo Javier. Acompañé a una tía y una prima a ver a una juez. No te había platicado, pero es un lío en el que se metieron mi primo y un sobrino o más bien los metieron. Resulta que los dos fueron a pasarse unos días a una casita que tienen en Malinalco junto con su hermano mayor. Mi primo andaba bajo de chamba. Fue a distraerse y se llevó a su hijo que estaba de vacaciones. Ahí conocieron a un nuevo vecino que quería construir una casa en la Ciudad de México. Les pidió un proyecto sobre lo que dijo era un terreno en la Colonia Narvarte y los citó para la siguiente semana en un restaurant, cerca de donde planeaba construir. Mis parientes le llevaron planos con sus ideas y en esas estaban, cuando entraron unos policías judiciales y apresaron a los tres. Resulta que esta persona es un narcotraficante. Para colmo de males, a mi primo, que viaja constantemente por toda la República, le encontraron en la guantera del carro una pistola calibre 380, regalo de su papá antes de morir. El arma no es de uso exclusivo del ejército, pero el permiso de portación estaba a nombre de su padre. Mi tío se había retirado con grado de coronel. Esto que te platico sucedió hace casi un año. Desde entonces mi primo y su hijo están en la cárcel. Los dos han pedido ver a la juez, pero esta se ha negado a recibirlos. Tampoco asiste a las muchas audiencias, que a intervalos de semanas, llevan a mis parientes a ser interrogados. Mi tía, mamá de mi primo el arquitecto y su esposa, madre del muchacho, han intentado ver a la juez para rogarle que acceda a verlos. Están convencidas de que con sólo hablar con ellos unos minutos, se va a percatar que no son delincuentes.

—Quizás sí y quizás no, me dice Javier, en un día en que el pesimismo lo tiene atrapado.

—El problema estriba en que los va a sentenciar con base en interrogatorios escritos que hace su secretario y dicta a una mecanógrafa que lo integra al expediente, sin que la juez vea a la persona que se interroga. Ya sabes, es la costumbre. Los jueces no ven a los acusados ni a los testigos. Como se ha negado a recibirlas, desde hace dos meses se sientan desde temprano afuera de su oficina, hasta que se cierra el juzgado. La juez, que tiene que pasar enfrente de ellas para entrar, se hace la desentendida. Ellas me pidieron que las acompañara. Es posible que mi insistencia la haya molestado. Salió y nos dijo que no éramos parte del expediente. Que no estaba obligada a recibirnos, ni tampoco a los acusados y que ya estaba bueno de “estar jodiendo”. Mi tía se le arrodilló, llora y llora. La juez se dio la vuelta y nos azotó la puerta. Las palancas que hemos movido nos han dicho que no pueden obligar a la juez a escuchar a quienes no son parte en el juicio. Tampoco la pueden obligar a presentarse a las audiencias para conocer a los inculpados.

—Es lo normal, Nacho. Los jueces no están obligados a escuchar los interrogatorios y menos a platicar con las partes y sus familiares.

—No es posible, Javier. Entiendo que no estén obligados a recibir a las partes y menos a sus familiares, pero eso de que no atiendan los interrogatorios me parece monstruoso —ahora yo con la boca de estropajo, la saliva aceda, sin poder entender un proceso en el que el juez decide con base en lo escrito en el expediente del caso, sin ver ni oír a los acusados, ni al ministerio público acusador. No en un México que concibo moderno, con una creciente participación de organizaciones de la sociedad civil.

Mi amigo adelanta:

 — El problema estriba en que nadie le puede pedir a un juez que haga algo que nadie hace. No hay un solo juez que se le ocurra ver a los acusados. Es el sistema. Y contra él no hay nada que hacer. No creo que sea una persona desalmada o inhumana. Es una persona que durante los años en que ha sido juez, quizás nunca haya visto ni oído los interrogatorios del acusado ni de los testigos. Se niega a hacerlo, porque la ley se lo permite y cree en las razones de esa ley. Ella juzga con comodidad, sin ver a los ojos a quien condena. Tiene además el beneficio de que los condenados no la conocen. Si se los encuentra en la calle, ¡no pasa nada!

Cae un silencio entre quienes nos gusta la plática. Los dos cavilamos estar atrapados por un engendro que repelemos. Como un flashazo me llega a la cabeza el cuento de un conocido, también abogado, hijo de un juez. Su papá le dijo que si el tuviera que ver a las personas que intervienen en el conflicto que le toca resolver, no sería juez. Que el estudia el expediente y decide. Cuando me hizo el relato, me quedé pensando en la imagen de un padre frente al conflicto de dos hijos, imponiendo castigo sin verlos a los ojos, sin preguntarles directamente, sin tomar en cuenta su lenguaje corporal.”

Sirva este relato y muchos mas que se encuentran en mi nueva novela “El Francotirador de Palacio Nacional”, para darnos cuenta de la importancia del nuevo procedimiento de juicios orales. Desde que éstos entraron en vigor en toda la República en 2016, los jueces están obligados por ley a estar presentes en las audiencias, conocer a los inculpados y oír de manera pública y transparente los interrogatorios. La audiencia de juicio, es decir el juicio formal del acusado, se lleva a cabo ante un Tribunal de Enjuiciamiento integrado por tres jueces que razonan y argumentan entre ellos el dicho de los acusados, testigos, peritos y demás personas que rinden testimonio, así como los argumentos de los abogados que representan las diferentes posturas de lo que es un juicio adversarial, un juicio bajo un procedimiento contencioso cuyo propósito es la búsqueda de la verdad y la impartición de justicia.  

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Comentarios

  • Publicado por Carmen Moreno en

    Estimado Jesús; esta historia sobre saturó los expedientes de la nación. El debido proceso era transgredido todos los días, sepultando en las carceles a inoce tes sin inguna posibilidad de defensa. Claro hoy con los juicios orales las estrategias para sepultar inocentes han adoptado nuevas formas. Afortunadamente la claridad en los procesos a tomado mayor transparencia.

  • Publicado por PATRICIA GONZALEZ RODRIGUEZ en

    Excelente artículo. Coincido con Usted. Algo ha cambiado en este país con los juicios orales. Aunque todavía continue la criminalización de la pobreza.

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