| Ignacio Gómez-Palacio

La historia de Cintia, la de Cuicatlán

Omar siempre fue un muchacho rebelde. Dos veces lo corrió el padre de su casa. Fumaba marihuana, se drogaba y sin trabajar a los 17 años, vivía en la queja constante de no tener para gastar. Poco caso le hacía a su papá que lo invitaba a ayudarlo en su hectárea sembrada de melones.

Entonces llegaron los narcos al poblado de Cuicatlán, Oaxaca, donde Omar reside con su familia. Fue un cártel que se hacían llamar Los Rojos. Sucedió hace dos años. Empezaron a extorsionar a los dueños de tiendas, ranchos y tierras. En camionetas repletas de adolescentes, entraban disparando al aire y a las fachadas de las casas. Ostentaban cuernos de chivo y armas largas, ante la pasividad de la escasa policía municipal. Desde la mañana esperaban abiertamente a que se juntara el dinero de la venta de cualquier establecimiento y entrada la tarde exigían su entrega. Recogían a las muchachas jovencitas y se las llevaban para violarlas.

A Cintia, se la llevaron. Apenas había cumplido dieciséis. Vivía con sus papás. Diario la violaron varias decenas de asesinos. La mayor parte del dia la mantenían desnuda y amarrada con las piernas abiertas en una cama entre dos postes. Su hermano Juan, que le decían El Chino no pudo mantenerse a distancia. Algo muy profundo, su hombría lo fustigó. Se trataba de su hermana. Fue por ella desarmado. Bien sabía lo inútil de un enfrentamiento. Habló con ellos sin revelar quien era. Al reconocerlo, Cintia le gritó. Le gritó por su nombre implorando ayuda. Los Rojos se sintieron engañados. Ante los ojos aterrados de la hermana destazaron a El Chino. Los restos los metieron en un costal. Aburridos de ella la tiraron con los despojos de su hermano frente a la casa de sus padres.

Envalentonados por la impunidad, Los Rojos decidieron apoderarse del pueblo. Los señores grandes se organizaron y se les enfrentaron frente en una cañada, donde seguido de algunos disparos, Los Rojos huyeron. Impunidad y cobardía van cerca uno del otro. Cuando el malhechor se siente impune, es cuando florece su valentía, de lo contrario huye.

Unos días después, Cintia se ahorcó de la rama de un árbol. Tardaron otro mes en llegar “los de la Marina” a imponer orden. Con pocos balazos sacaron a Los Rojos de Cuicatlán.

Desde entonces, Omar no fuma marihuana, no se droga, ayuda a su padre y se empleó de caballerango en un rancho donde me dice que con lo que gana le va bien, que le gusta el campo, la naturaleza, los caballos y que admira a su hermano mayor, soldado del Ejército Nacional y a su padre, ambos por honrados y trabajadores. Cintia y El Chino eran sus amigos.

Cuicatlán estuvo en manos de Los Rojos durante casi tres meses. Es difícil encontrar una familia de ese poblado a la que no le haya sucedido un percance tan brutal como el de Cintia, cuyos padres apenas pueden respirar de la tristeza con la que se quedaran hasta su muerte. ¿Cómo sonreír? ¿Cómo tragar saliva? ¿Cómo reírse después de tamaña desgracia?

Omar vivió tres meses en guerra y no se le olvida. Por vivir en las afueras del pueblo tuvo que aventurarse varias veces para ir por comida. Por conocer las veredas del monte pudo esconderse y nada le sucedió. Pero el susto todavía se le nota en ojos de animal acorralado.

No podemos seguir con estas tragedias que se repiten. Tal pareciera que llegará el momento en que nos habremos de “acostumbrar” a ellas. No soy un experto en seguridad, pero todos sabemos que el entramado social se ha descompuesto, ya que hace algunas, pocas décadas, los niños de la ciudad salían a jugar en las calles y la gente de campo transitaba sin mayor peligro o pena. Sucedían incidentes aislados y con meses y años de distancia, y se respiraba confianza en los “buenos días”, “¿donde le agarró la lluvia, vecino?”, “córrale que están por cerrar la farmacia”, a pesar de que eran las tres de la mañana, que muchas veces me dieron en busca de medicinas para mis hijos. Farmacias que permanecían abiertas sin rejas que separaran a empleados y clientes.

¿Cómo decirles a las Cintias de nuestro país que la corrupción, la incapacidad, el importa madrismo de nuestros gobernantes es lo que nos ha llevado a este grado de inseguridad y violencia? No podemos echarle la culpa a ese México profundo y oculto en su geografía, que en Oaxaca y muchos otras partes se atiborra de cerros y barrancas como si se tratara de un mapa arrugado. La culpa es tanto del crimen organizado como de nosotros que les hemos abierto la puerta de nuestras casas y nuestras simpatías a líderes sindicales asesinos, a ministerios públicos y jueces putrefactos, a abogados y empresarios transa, y los tratamos con deferencia y admiración por su poder y riqueza. Me ha tocado verlos en las bodas departiendo alegremente e inclusive dándole “altura” al jolgorio. Peña Nieto mamó de esta cultura y por ello la siente inmersa en nuestra idiosincrasia. Por eso estimuló a sus pares a sentarse a la mesa de la desfachatez y el robo abierto de nuestras riquezas. Nosotros se lo permitimos como se lo permitimos a tantos y tantos gobernantes: “a mí no me des, compadre, nada mas ponme donde haya”.

Esta visión de la vida no podemos heredarla. Aquí es donde están las raíces de la podredumbre y la desgracia permanente que nos acompaña. No deseo dar la imagen de que no creo en México y sus nacionales de los que formo parte, como tampoco quiero hacer pensar que no aprecio las incontables riquezas y activos de nuestro país, pero me ha tocado ver la penosa transformación de jóvenes mal educados por padre permisivos de la corrupción y fechorías de gobernantes y empresarios, que dan la dádiva a cambio de la autorización ilícita o la vista gorda de la autoridad. Los jóvenes crecen, hacen lo mismo y surge un efecto multiplicador. Si no hacemos algo para detenerlo, debemos tomar conciencia de que este mal puede tener un incremento exponencial.

¿Cómo podemos mejorar a nuestra sociedad? Es en la ciudadanía organizada y dispersa y no en una definición particular de “pueblo”, donde radica la soberanía de la nación y a la que se deben los servidores públicos, empezando por las cabezas de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial federales y estatales. Vamos meditando el tema. Nosotros los hemos elegido y lo seguiremos haciendo en el futuro.

Comentarios

  • Publicado por Jorge Anigo en

    Terrible historia y lo peor ea que como esta debe haber cientos, miles.

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