| Ignacio Gómez-Palacio

La importancia del nombre

¿Cuántos padres están conscientes de la importancia que merece dar a una hija o hijo el nombre que lo habrá de acompañar toda la vida? ¿Quién piensa en que se trata de un acto de relevancia suprema y que debe adoptarse con la mayor responsabilidad? ¿Quién considera que si a la niña se le da el nombre de Roxana, al crecer será diferente a si se hubiese nombrado Asunción? ¿Cuántos nos hemos dejado influenciar al llamarlos como nuestros ascendientes e inclusive tomar la decisión fácil de darles nuestros nombres? ¡Mira qué lindos, se llaman Juanita y Enrique, igualito que sus papás! ¿Cuántos no han sido criticados por darles a sus hijos nombres de poca aceptación social como Melitón, Fortunata o Sabina? ¿Cuántos consideran que el nombre esculpe a la persona?

John Steinbeck, en su novela Al Este del Edén, relata la escena de dos hombres que beben whiskey, sentados frente a una mesa dentro de una cabaña sureña en los EUA. Adam, el papá de los mellizos abandonados por su madre y Samuel, el herrero vecino que no soporta que a la edad de un año los bebés carezcan de nombres y se refieran a ellos de manera genérica, como si fuesen parte del mobiliario. Samuel ha forzado su entrada. Adam, derrotado por las brusquedades, los puños de hierro y la terquedad de Samuel lo escucha, en tanto su sirviente chino coloca a los pequeños en el suelo: “...Los nombres son un gran misterio. Nunca he sabido si el nombre hace al individuo, o el individuo se ajusta al nombre. Pero puede estar seguro de que, cuando un hombre tiene un apodo, ello es prueba de que el nombre que se le dio al nacer estaba equivocado... Sería un error ponerles nombres según las cualidades que creemos que poseen... Podríamos equivocarnos y mucho. Tal vez sería conveniente proporcionarles una meta elevada a la que aspirar, un nombre que los estimulase...

—Veo que no es tan fácil como parece ponerles nombres —observó Adam.”

Seguido de la lectura de parte de La Biblia y un análisis de los nombres de Caín y Abel, Samuel espeta: “De todos los que salieron de Egipto, sólo dos llegaron a la Tierra Prometida. ¿No le agradarían como símbolo de buenos augurios?... Caleb y Josué”.

No tengo el espacio ni tú el tiempo para que estudiemos la escena y su calidad literaria. Baste señalar que finalmente Adam eligió los nombres bíblicos de Caleb y Aarón. El herrero satisfecho exclama: “... Ahora ya sois personas, os habéis unido a la congregación y tenéis derecho a ser condenados” (Final de la Segunda Parte). 

Hoy día es frecuente conocer mortales con nombres inventados por sus padres que los soñaron o juntaron letras sin ton ni son: Yubanixel, Ayulí, Napeli. Quien lo da siente el orgullo de la originalidad; ¿y quien lo recibe?, pasará la vida deletreándolo a otros, con el riesgo de que alguien lo asemeje a un albur; o quizás lo envolverá la vanidad al descubrir que “Adrimanué” como lo registraron, se parece a “Adriano”, quien fue un gran emperador romano.

El Diccionario de Nombres Propios escrito por el célebre Gutierre Tibón, quien cultivó como pocos en hispanoamérica la disciplina de la onomástica, indica en el prólogo que “los nombres de persona compendian la historia de la civilización”. Se refiere a la importancia del santoral y de algunos nombres que han sido excluidos por carecer de eufonía, tales como: Curcodemo, Crotato, Mapálico, Angadrema; otros por mal agüero: Polio, Mareas, Menodora; otros por parecer parte de un programa: Frontón, Presidio, Besas; otros por su parecido a profesiones: Agente, Carterio, Clero, Merolino; otros por evocar conceptos negativos o ideas que mueven a risa: Canico, Meneo, Papas, Mamila, Jerjes, etc.

Al decidir el nombre debe tenerse presente que es normal que se le identifique por el término “hipocorístico”, como es el caso de los Franciscos a quienes se les llaman Panchos, las Dolores, Lolas y en mi caso particular como Ignacio me aterricen el apelativo “Nacho”, con el que por cierto estaba conforme hasta que una transnacional se le ocurrió usarlo en unos totopos con queso, lo que me provocó el deseo de hacer una asociación pro la defensa de los Ignacios. No lo llevé a la práctica en razón de aún ser estudiante con cero ingresos y gran demanda académica. Gotas de ácido me caían en el estómago al ver en la televisión el anuncio de un gordo de bigote que al comer el totopo tiraba el techo y la casa donde estaba.

Hipocorísticos también son los nombres usados en diminutivo o de manera cariñosa, como: Chachita, Coquis o Majo. Muchos tienen terminación en “i” o “y”, vocal suave que denota cariño: Buki, Magy, Mati, Nani, Gaby, etc. Por la influencia de los medios y la comunicaciones que han acercado a las naciones, hoy es usual que a los Carlos se le diga Charly, a los Antonios Tony, a las Marías Mery, etc.

Deben aquí mencionarse a quienes dan a sus hijos nombres inolvidables para que se distingan en la política o el espectáculo, como Marciana, Nerón, Atilano, etc, en ocasiones acompañado de un nombre usual como Pedro o Juana para darle al hijo o hija convertido en hombre o mujer, la posibilidad de usar uno u otro. Cabe mencionar el folklore nacional de usar textos varios para dar nombres, tales como Anivdelarev (basada en Aniversario de la Revolución), Masiosare (texto unido del Himno Nacional), Onedollar (papel moneda de EUA), Mericrismas (Navidad).

Al escribir estas letras recuerdo con gusto el libro que estimuló en mi infancia y a carcajadas, la admiración por los escritores y el deseo de parecérmeles. Lo señalo porque el título destaca por sus nombres: Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno; lo que me lleva a la devoción que siempre he tenido por los autores de ficción que le dan a sus personajes nombres eternos: El Quijote de la Mancha, Aureliano Buendía, el Capitán Nemo, etc.

Baste este repaso para darnos cuenta de la responsabilidad que nos entrega la paternidad, de darle a una persona el nombre que llevará a lo largo de toda, todititoda la vida. Es un verdadero honor poder hacerlo. No debemos tomarlo a la ligera. Por el contrario, estamos obligados a darle el tiempo y el esfuerzo que requiere para que llegue el adolescente o adulto a darnos las gracias por el apelativo que le dimos o simplemente darnos cuenta de su expresión de satisfacción al decir: Me llamo...

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La semana entrante no publicaré debido al bienvenido periodo vacacional.

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