| Ignacio Gómez-Palacio

LO BUENO Y LO MALO DE NUESTROS DICCIONARIOS EN ESPAÑOL E INGLÉS

Entre las locuras y actos inesperados y sobre todo impredecibles de AMLO y Trump, vale hacer una pausa. Como en los viejos tiempos, se antoja platicar de un buen libro, una anécdota de un personaje admirado o como hoy es el caso de voces, diccionarios, académicos, reyes y presidiarios.

Hace cuatro siglos, Miguel de Cervantes Saavedra y Shakespeare, no tuvieron el beneficio de un diccionario donde buscar el significado, el uso común, algún sinónimo o simplemente como se deletrea una palabra. Dice el viejo dicho que “no hay que dar paso sin huarache”. Éstos autores trabajaron descalzos, en muchas ocasiones inventando palabras (neologismos) e invocando a los dioses. Los diccionarios son inventos relativamente nuevos.

Empecemos por el primer diccionario que ha mantenido su relevancia en el idioma inglés: The Oxford English Dictionary, que se elabora durante setenta años conforme un procedimiento radicalmente diferente al Diccionario de la Lengua Española, elaborado por la Real Academia Española, lo que ha dado por resultado que el primero tiene 350,000 voces en tanto el de la lengua española reporta 80,000 mas el añadido de 70,000 americanismos. Cabe señalar que el diccionario oxfordiano tiene un meritorio antecedente en el Dictionary of the English Language de Samuel Johnson (1755), que contiene 118,000 citas del uso de palabras en diversas obras publicadas en idioma inglés.

La historia de diccionario oxfordiano comienza con una reunión celebrada en la tarde fría y lluviosa del 5 de noviembre de 1857, en la Librería de Londres (London Library) un caserón localizado en Saint James Square, zona aristocrática de Londres, que no por serlo escapa el humo de las fogatas callejeras encendidas en las zonas paupérrimas de los desheredados y el olor de las lámparas de gas. El conclave congrega a los miembros de la Statistical Society y la Philogical Society, en la que el presidente de esta última, el doctor Richard Chenevix Trench (dean de Westminster), convencido de la importancia de diseminar el idioma inglés como elemento esencial del imperio y su mancuerna, la cristiandad anglicana, expone la gran aportación del diccionario de Samuel Johnson, sus errores y faltas, así como publicaciones de algunas breves colecciones de palabras (la Vulgata, A Shorte Dictionarie for Yonge Beginners, A Table Alphabeticall) y logra la aprobación para iniciar los trabajos que concluyen 70 años después (durante los cuales se publican algunas recopilaciones de palabras inusuales, identificadas como “hard words”. 

El tema neurálgico de su conferencia consiste en la exposición de su tesis en el sentido de que un diccionario es simplemente un inventario de palabras y no una guía de cómo usar las palabras con propiedad. Subraya que los autores no deben seleccionar que palabras incluir, lo que todos los autores hasta ese momento habían hecho. El lexicógrafo, apuntó, es un historiador, no un crítico. Un diccionario debe, aseguró, recoger todas las palabras que tengan cierta vida reconocida en el lenguaje usual.

La postura del Dr. Trench, personaje victoriano de gran reconocimiento en su época, es la razón por la que los diccionarios en la lengua inglesa tienen mas del triple de palabras que los de la lengua española, que adoptó el sistema francés de ceñir el diccionario a las palabras aprobadas por los académicos de la Real Academia Española, los que pasaron décadas y décadas para empezar a reconocer algunas cuantas palabras de otros países hispanoparlantes, en especial de América. Esto permeó a la cultura popular. Hasta el día de hoy corremos al diccionario (el tumba burros) para revisar si tal o cual palabra “existe” y esta “aprobada” por la Real Academia de la Lengua, a pesar de entender su significado y ser de uso generalizado. Pareciera que necesitamos que la institución la incluya en su diccionario para que tenga vida, cuando es a los autores de los diccionarios a los que corresponde, conforme a la tesis del Dr. Trench, seguirnos para aprender e inventariar nuestro dicho.

Cabe apuntar que otras nacionalidades como los franceses e italianos, se habían adelantado para apoyar su cultura e idioma. En el caso de estos últimos la Accademia della Crusca, fundada en Florencia en 1582, tuvo como propósito la preservación de la cultura italiana, a pesar de aún no existía Italia como país. La Académie Francaise establecida por el cardenal Richelieu en 1634, nombró a 40 notables para defender el idioma, conocidos como Los Cuarenta Inmortales. Desde entonces se implanta el rigor de aprobar o rechazar palabras 

Señala Simon Winchester, quien ha estudiado el tema del diccionario oxfordiano, que es un axioma el hecho de que existen tres diferentes posibilidades para elaborar una lista de palabras, las que se sobreponen una a la otra: se usan las palabras que se escuchan, se copian de otros diccionarios existentes o se obtienen al leer autores publicados. Es decir por el oído, la copia o la lectura.

La historia de los diferentes sistemas de uno y otro diccionario en español e inglés esta plagada de intríngulis, insondables y entresijos que, como anuncio al principio, tiene que ver con académicos, reyes y presidiarios, razón por la que te invito a estar pendiente de la siguiente entrega.

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