| Ignacio Gómez-Palacio

LO BUENO Y LO MALO DE NUESTROS DICCIONARIOS EN ESPAÑOL E INGLÉS (SEGUNDA ENTREGA)

En la anterior entrega, se comentó la tesis que el doctor Richard Chenevix Trench expuso el 5 de noviembre de 1857 en el sentido de que un diccionario es simplemente un inventario de palabras y no una guía de cómo usar las palabras con propiedad. Los autores no deben seleccionar qué palabras incluir, a pesar de que hasta ese momento todos lo habían hecho. El lexicógrafo, apuntó, es un historiador, no un crítico. Un diccionario debe, aseguró, recoger todas las palabras que tengan cierta vida reconocida en el lenguaje usual. No debe dejarse a un dictador o a cuarenta dictadores (sistema francés) la decisión de que palabras son correctas y cuáles no lo son.

El doctor Trench no se detuvo en esta postura, la enfatizó, al señalar que cada palabra tiene su historia y debe tener cabida dentro del diccionario. Algunas pueden ser obsoletas, caer en desuso o ser flores de una estación, pero al fin, todas son palabras del idioma inglés y se deben recoger. Si alguien busca una palabra en el diccionario y no la encuentra, quiere decir que los autores no hicieron bien su trabajo. Debemos hacer una biografía de cada palabra escrita, saber cómo y cuándo nació y por ello es esencial citar el texto de cómo y dónde fue escrita. Terminó ponderando que un diccionario “es un monumento histórico, es la historia de una nación”.

Esta postura chocó de frente con la postura francesa y posteriormente la española que se inspiró en ella.

Surgieron una serie de preguntas: ¿Quién iba a hacer el “inventario de palabras”, ¿Quién iba a leer toda la literatura publicada, incluyendo los diarios ingleses y estadounidenses? Se concluyó que era una tarea imposible para un puñado de lexicográficos y se adelantó la opinión que se requería de cientos de voluntarios. 

Tuvieron que transcurrir años de fracasos y subestimaciones del tamaño de la montaña de trabajo que el doctor Trench le había heredado a la Philogical Society. Se establecieron períodos de literatura (vg.: 1250 a 1526), donde empezar a buscar palabras con la letra “A”, se adquirieron los libros publicados en cada época y se les asignó la lectura a voluntarios que en hojas de papel por separado deberían identificar la palabra, el título del libro o del manuscrito, el número del volumen, la página y la oración integra en la que se hubiere usado. El proyecto tuvo varios editores y varios tropiezos al punto de recibir devoluciones de libros de los voluntarios y llegarse a indicar por la propia sociedad , que el proyecto no se llevaría a cabo. Entonces sucedió lo deseable. James Murray fue designado editor, se logró el convenio de publicación con la Universidad de Oxford y se hizo una nueva convocatoria de voluntarios, la que tuvo amplia diseminación en el Reino Unido y sus colonias. Corría el año de 1878. Faltaban otros 50 años para finalmente publicar el diccionario completo.

Murray mantuvo correspondencia con los voluntarios, archivando las hojas que mandaban en un librero con 1,029 cajitas que denominó el Scriptorium. Archivaba las citas sobre palabras, lo que resultó ilusorio, ya que para 1880 se habían acumulado 2,500,000 citas a un ritmo de 1,000 diarias. Al paso de los años un voluntario se destacó por la cantidad de información bien fundamentada que enviaba y Murray quiso conocerlo. Lo invitó a visitarlo a Londres. Se trataba de William Minor. Durante años se excusó de no poder viajar a Londres, al punto en el que Murray decidió visitarlo con el ánimo de sostener una conversación interesante con un erudito del idioma. Se transportó a Crowthorn, Berkshire, lugar que Minor indicaba como remitente en los correos que le enviaba. Al llegar, cual no fue su sorpresa al descubrir que su ilustre apoyador del diccionario era el decano de los prisioneros del Asilo para Criminales Desquiciados que ahí se localizaba.  En efecto, Minor era un cirujano estadounidense graduado en la Universidad de Yale, oficial del ejército durante la Guerra Civil en EUA, que había matado a una persona en Londres y había sido condenado a permanecer recluido por el resto de su vida. Ocupaba dos celdas repletas de libros de piso a techo. El trabajo de voluntario para beneficio del diccionario le ocupaba todo su tiempo. La historia a detalle, por demás interesante del encuentro de estos personajes, se narra con maestría en la novela The Professor and the Madman, escrito por Simon Winchester, una obra que recomiendo ampliamente y que a mi me ha servido de apoyo para este y el anterior artículo. La edición en Inglaterra se tituló The Surgeon of Crowthorne.

El Oxford English Dictionary fue publicado y vendido en facsímiles a partir de 1888, año en que se publicaron las letras A y B. No fue sino hasta 1928 que salió a la venta la totalidad en diez volúmenes. Murray no tuvo tiempo de ver la obra concluida. Murió en 1999. A partir de la primera publicación íntegra del diccionario se continuaron publicando nuevas ediciones. La primera versión electrónica se publicó en 1988. Para 2014 el número de visitantes era de 2,000,000 mensuales. Se estima que no se volverá a imprimir.

En la próxima y última entrega habré de referirme a nuestro Diccionario de la Lengua Española, elaborado por la Real Academia Española y su antecedente, el diccionario en idioma francés.

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