| Ignacio Gómez-Palacio

LO BUENO Y LO MALO DE NUESTROS DICCIONARIOS EN ESPAÑOL E INGLÉS (TERCERA Y ÚLTIMA ENTREGA)

Empezaré por señalar que los diccionarios en inglés son muchos: Webster, Oxford, Cambridge, etc. Los angloparlantes no tienen un diccionario aprobado, emitido por una academia de reconocimiento oficial como el publicado por la Real Academia Española (RAE). Estos diccionarios tienen la misma jerarquía. Reparten preferencias entre los consumidores como cualquier otro producto. Luchan en el mercado con calidad y precio. La palabra que incluyan y su significado es responsabilidad del editor y no existe autoridad que los regule o los critique. En consecuencia compiten para recoger, definir e incluir nuevas palabras en sus obras. Crecen a ojos vistas.

La Real Academia Española se fundó en Madrid en 1713, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, VIII marqués de Villena y duque de Escalona, con el fin de trabajar a favor del idioma español. Se estableció como propósito el “fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza”. Esto se refleja en su escudo y emblema, representado por un crisol puesto al fuego, coronado por las palabras: “Limpia Fija y da Esplendor”. Resulta sintomático que la primera publicación de la RAE fuera el Diccionario de Autoridades (1726-1739) con citas de autores considerados ilustrados y distinguidos No fue sino hasta 1780 cuando se publicó el Diccionario de la Lengua Española en un solo tomo, el que ha conocido 23 ediciones (2014).  Es de anticiparse que sea la última obra en papel y que esta se renovará constantemente en su versión digital, igual a la solución adoptada con respecto al diccionario oxforiano.

La RAE se inspiró en el modelo de la Academia Francesa (1635) y la Accademia della Crusca italiana (1582). Señala la propia RAE que “….la institución se ha dedicado a preservar —mediante sus actividades, obras y publicaciones— el buen uso y la unidad de una lengua en permanente evolución y expansión….”. Su creación, con veinticuatro sillas, fue aprobada el 3 de octubre de 1714 por Real Cédula de Felipe V, quien la acogió bajo su amparo y Real Protección, lo que significó que los académicos gozaron de las exenciones y preeminencias concedidas a la servidumbre de la Casa Real. Actualmente se conforma con 46 académicos de número.

He señalado que El Oxford English Dictionary fue publicado y vendido en facsímiles a partir de 1888, año en que se publicaron las letras A y B y que  hasta 1928 salió a la venta la totalidad en diez volúmenes; es decir que los ingleses llegaron a realizar el macro esfuerzo que significó el diccionario oxforiano, siglo y medio después de los españoles y casi tres siglos después que los franceses.

En México, seguido de nuestra independencia, se estableció en 1835, como un acto que subrayó nuestra autonomía de la iberia continental, la Academia de la Lengua de México (1835), la que cuarenta años después se disolvió para dar paso en 1875 a la correspondiente Academia Mexicana de la Lengua. Se les llamó “correspondientes”  por estar subordinadas estatutariamente a la RAE y mantener con la academia matriz una relación por correspondencia postal.  Es relevante señalar que la Academia Argentina de Letras fundada en 1931, se vinculó con la RAE hasta fundarse la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE).

El idioma español es de importancia toral en el mundo. Cerca de 500 millones de personas lo hablan, sin incluir a quienes lo estudian. Es el segundo idioma más hablado en el mundo después del chino (960 millones). El inglés lo sigue con 360 millones, considerándose que en una década habrá más hispanoparlantes en EUA que en España, país que hoy se erige como rector del idioma con el “tumba burros” que publica la RAE: el Diccionario de la Lengua Española. La pregunta obligada es: ¿cuánto tiempo durará este liderazgo? 

Desde sus inicios, la RAE se ha constituido en un organismo crítico de la lengua, cuyo propósito es conservar su pureza y por ende la institución aprueba o rechaza incluir cada palabra en el diccionario. Durante dos siglos contados a partir de su creación, ha aprobado con dificultades arterioescleróticas algunas palabras de uso común en otros países hispanoparlantes, en especial de América, lo que le ha traído severas críticas en especial durante la primera mitad del siglo XX. Inclusive, durante muchas décadas prácticamente se aprobaron palabras exclusivas de uso en Madrid; hasta que en 1951, durante I Congreso de Academias celebrado en México, se tomó la importante decisión de constituir la ASALE, que actualmente funciona con una veintena de academias de diversos países hispanoparlantes, con el fin de recoger voces propias de esos lugares y promover una política lingüística panhispana. Este propósito aún está lejos de cumplirse. Un ejemplo de ello son palabras de uso común en México, como: “padrísimo”, “fregonería”, “la neta” o “la mera neta”, “púchale”, “pestañita”, “tiracáscara”, “catafruta”, “finde”, “yonque”, “güey” (definida en una sola de sus acepciones), “aplicar” (como sinónimo de solicitar) y otras; así como palabras relacionadas con los adelantos técnicos como “hashtag”, “googolear”, etc. 

Algunas regiones  tienen gran influencia de países angloparlantes, como es el caso de México, Centroamérica y Cuba. Recientemente el empleado de una gasolinería me indico que el tanque estaba “lleno-full”; y es que el idioma existe y cambia constantemente, sin estar sujeto a la aprobación de los académicos de la lengua. El fenómeno de la migración hacia los países ricos ha creado en México la necesidad de aprender el idioma inglés. Las academias para aprenderlo se multiplican como los peces en el evangelio. Es momento de meditar los pasos a seguir ante estos fenómenos, magnificados por el incremento actual en la comunicación. 

Si bien es cierto que la RAE ha hecho grandes esfuerzos al publicar su bienvenida gramática y otros diccionarios como el lexicográfico, jurídico, panhispánico de dudas y otros, el Diccionario de la Lengua es por mucho el más popular; sin embargo, tiene serias limitaciones. Resulta inaceptable lo raquítico de nuestro diccionario de cabecera con tan sólo 80,000 voces más el añadido de 70,000 americanismos, frente al inglés de 350,000. No es deseable y está fuera de época, que la RAE mantenga atribuciones radicales de censura, con un conservadurismo que refleja un criterio obtuso en el sentido de que lo nuevo es malo. Mi novela “La Arregladera y el Panadero Sabedor”, que se escenifica en un poblado del Estado de México y que en 1997 recibió el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa (que otorga la Universidad de Murcia en España), está plagada de palabras desconocidas para el diccionario de la RAE, así como de giros y modismos idiomáticos, que fueron destacados por el jurado como aportación a la lengua. El silencio de la institución toral de nuestra lengua quema a este escritor mexicano, que ama y utiliza el lenguaje de la madre patria como su herramienta más preciada, igual que lo hacen otros escritores mexicanos y de otros países hispanoparlantes. 

No entiendo que en pleno siglo XXI la RAE mantenga, al menos parcialmente, el propósito de elegancia y pureza, quizás por el temor de perder preeminencia. Es una actitud miope, ya que lo que le dará preponderancia es la publicación de todas las palabras que se utilizan por los hispanoparlantes en el mundo entero, sin hacer el distingo, que a estas alturas del siglo XXI se antoja discriminatorio, entre palabras en español (sin que se identifiquen como “españolismos”) y las que bautizan como “americanismos”. Ha llegado el momento en el que la RAE impacte la cultura panhispánica con una obra de reconocimiento generalizado e incluya palabras de uso común en todos los países hispanoparlantes, muchas de ellas anglicismos, resultado de la mayor participación de angloparlantes en el mundo de las inversiones y negocios, lo que se refleja en las escasa participación del español en las revistas científicas y técnicas. Para ello debe abrir sus puertas a un mayor número de miembros, personal y voluntarios, muchos voluntarios,  que colaboren en la gran tarea de capturar y darle entrada a toda palabra que al menos sea incluida en alguna obra publicada en español, lo que debe incluir periódicos y revistas.

Hago votos porque la RAE tome cuenta del momento actual y cambie su actitud, ya que el respeto que los hispanoparlantes le tenemos a su diccionario debe conservarlo, independientemente de la bienvenida que deben tener otros diccionarios, para beneficio y riqueza de nuestro amado español. No debemos olvidar el patético caso de Filipinas, donde el idioma español, que llegó a ser lengua común, perdió su carácter oficial, y actualmente tan sólo lo habla el 3% de la población.

Cabe añadir que existen otros diccionarios en idioma español, menor en número que en el habla inglesa. Tal es el caso de los diccionarios “Básico de Español” y el “Diccionario Enciclopédico” ambos de Larousse, en general dirigidos a escolapios y de que en el pasado ha habido esfuerzos de colecciones, inclusive anteriores a la RAE, como es el caso del descontinuado Tesoro de la Lengua Española de Covarrubias; sin embargo, tal es la preeminencia del diccionario de la RAE, que los editores han evitado por lo general hacer esfuerzos para competir con quien tiene en el mundo hispano autoridad y ventaja, la que por supuesto puede llegar a perder. En ocasiones como esta, se antoja consultar a la famosa bola de cristal, la que desafortunadamente ha probado ser poco confiable.

Deja un comentario