| Ignacio Gómez-Palacio

LOS LOBOS DE ESCOCIA

En 2014 viajé a los Highlands del Norte de Escocia, con el deseo de ver los dramáticos acantilados irlandeses junto al mar y las cordilleras escocesas de formaciones invitantes, que conocía sólo en películas y fotografías. En este último lugar me encontré esta historia que comparto:

Hace más o menos quince años, dejaron de llegar las manadas de cientos de venados (red deer), que solían pastar en las faldas de las montañas. El acontecimiento fue el comentario de la comarca. Nadie recordaba un suceso similar. Con puntualidad escocesa, a principios de la primavera, los venados aparecían junto a las faldas de los cerros, en planicies de tierra erosionada, donde poco o nada crecía. De lejos se apreciaba esa tierra como una línea café en la que se asentaban las montañas. Los documentos públicos, los diarios de los condados cercanos, los historiadores y demás conocedores del tema, reportaban que el arribo de los venados se había repetido durante mas de dos siglos. Alarmados, salieron a buscarlos. De día. En la madrugada. Por la noche. Se usaron gemelos, perros, linternas, con pobres resultados. La industria turística, cuyos folletos y publicidad ostenta a los famosos red deer de los Highlands, no pudieron cumplir lo ofrecido. Sus integrantes se angustiaron. Tras pacientes y largas búsquedas, se dejaron ver dos que tres pequeñas partidas de varios sujetos que se lograron fotografiar con catalejo y lentes de acercamiento, pero las grandes manadas no asomaron la cara, ni las patas, ni el lomo, ni para tal caso, los cuernos.

La segunda primavera se inició con otra sorpresa. Las montañas empezaron a cambiar de color. Las tierras donde solían pastar los animales se empezaron a teñir de verde, a diferencia del café pardo de costumbre, donde los venados nada dejaban crecer por comer hasta el más insignificante brote y pisar semillas germinadas recién. Era el lugar donde los animales pasaban la tarde y la noche pegados a los peñascos o cualquier cuerpo que les diera refugio. A media mañana subían a los montes, para regresar en unas horas y recomenzar su costumbre de primavera.

Durante las madrugadas de esa segunda primavera, donde las tierras empezaron a crecer sus primeros brotes, surgió una bruma verde pálida que mantenía la humedad e hizo crecer pastos a la altura del tobillo de una persona. Quizás fue un efecto espejo de las hierbas agradecidas, pero lo cierto es que cambió el color de la cordillera. Lo que antes era una franja café se transformó con timidez campirana en un verde deslavado, pero los venados tampoco hicieron acto de presencia. De nuevo se hicieron búsquedas con magros resultados. El comentario general fue de estupor, sobresalto y alarma. ¿Dónde se habían ido los cientos y cientos de venados? La población desconocía el motivo.  Algunos lo identificaron con el calentamiento global, el efecto ozono y tecnicidades similares. La industria turística se dio a la tarea de buscar culpables. ¿Cuál era la razón de ese inusitado vacío? ¿Dónde estaban? ¿Los habían cazado?

Esta historia me la platicaron Scott y Heather, dueños y administradores, cocineros, meseros, lavaplatos y “lo que se ofrezca” de la Achintree Farm, una granja que en otra época se dedicaba a pastorear borregos, hoy convertida en un B&B (bread & breakfast). Scott, es escocés de sepa, cabellera y barba blancas profusas. Su esposa Heather, personaje de sonrisa enigmática es de pocas palabras. El exterior de la casa frugal, de piedra, con algunos encalados, ventanas pequeñas y techos de laja, por dentro es una postal de muebles antiguos en decoración minimalista de excelente gusto. El cuidado a los detalles, la vajilla, cuchillería, libros, son de calidad y halago para el huésped.

Scott me relató la razón por la que se ausentaron los venados. Me dijo que a media noche de luna llena, a finales de la segunda primavera, sobrevino lo impredecible. Despertó a los granjeros. Despertó a la comarca entera. Un sonido nuevo. Desconocido inclusive para los más viejos. Un sonido que fue comentario general desde el temprano granjero de oscuridades y ordeñas. Se escuchó el primer largo e imponente aullido de un lobo, al que siguieron varios. Los aullidos, me aseguran, todo lo cambiaron. Desde entonces los Highlands son diferentes. Personas y animales aún están en proceso de adaptación.

A la sazón se supo el cuento completo: las autoridades y algunas organizaciones de la sociedad civil con objetivo ecológico, reintrodujeron en los Highlands al lobo. Los venados se vieron en la necesidad de actuar como venados para evitar ser devorados por su histórico enemigo, obligados a moverse continuamente de pastizales y subir a las montañas donde su alimento es vasto, aunque lo obtienen con mayor dificultad. Dejaron de ser animales que pastaban sin mayor preocupación, casi como rebaño de granja. Al moverse constantemente de lugar, el venado permitió el crecimiento de los pastos y hierbas. Después llegaron las flores azules, blancas, amarillas y seguido las mariposas, las moras, los insectos y los pájaros que se alimentan de ellos. También los árboles iniciaron su presencia, como lo hicieron las abejas.

Al percatarse de mi interés, Scott me prestó un libro: "The Last Wolf" de Jim Crumley, autor de la comarca, quien me platicó que en 1743, en estas tierras del norte de Escocia, un cazador orgulloso, un MacQueen (hombrazo de casi dos metros de altura), mató al último de los lobos, animal que entrañaba el mal, devoraba niños y muertos en los campos de batalla y execraba cadáveres de las tumbas. La comunidad entera lo festejó.

Jim Crumley y Scott me dijeron que ahora, en la primavera, el aullido del los lobos es el himno de los peñascos. El primero, más versado en esto de las letras, dice que ese aullido es el que pinta de colores las faldas de los cerros.  Heather tiene el nombre de la flor que ha regresado en mayor número, a teñir de morado los Highlands, donde se encuentran las cordilleras de Aonach Eagach, Buachaille Etive Mor, Glencoe Lochan, The Three Sisters.... Ahí, el lobo escocés merodea en busca de alimento.

FIN

Epílogo: No puedo omitir el impacto que me causaron los helechos multiplicados en miles y miles, en las extensos valles y llanuras. En México nuestros helechos requieren la sombra de los árboles. Nuestra humedad es menor. En Escocia la sombra la proporciona las nubes perpetuas que además los empapan a diario. La suerte me permitió verlos bañados de sol, cosa infrecuente. Observar a miles y miles de helechos de verde intenso, trepar y bajar lomas y valles sin otra planta que les compita, es un espectáculo único y estremecedor, al grado de no haber extrañado a los red deer.

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