| Ignacio Gómez-Palacio

Los primeros pasos del Tercer Imperio

Había una vez, un país que tenía un Presidente que se destacaba por su ambición. Era tan pero tan ambicioso que afirmaba que a él no le interesaba el dinero ni las riquezas materiales. Bien sabía que el poder es superior a estas y es precisamente lo que disfrutaba a manos llenas. Con el poder el dinero llega sólo, se repetía, conocedor de su investidura que le otorgaba la capacidad de presidir las mas importantes ceremonias y fiestas nacionales o la reunión de todos los medios deseosos de escucharlo cada mañana.

Su ambición de poder era tan grande que debido a que controlaba la mayoría en el Poder Legislativo, el solito podía decidir las leyes que debían imperar, así como ejecutarlas, ya que era el Jefe del Poder Ejecutivo, lo que también lo colocaba como el Mando Supremo de las fuerzas armadas. El problema es que quería mas poder. No estaba contento. Quería impartir justicia. Tenía celos de los jueces, en especial de la Suprema Corte de Justicia que no obedecía los hilos titiriteros con los que gustaba deleitarse. Su incultura le impedía darse cuenta de la separación de poderes y la importancia del Estado de Derecho.

Desde su campaña buscó separar a los habitantes, azuzando a sus seguidores que llamaba Pueblo, contra los pudientes a quienes identificó como Fifís, a quienes les echó la culpa de todos los males, tales como la corrupción, la búsqueda del interés particular en detrimento de la nación, la criminalidad, la impunidad, la pobreza y otras desgracias, pues sentenció que ellos eran los beneficiados de períodos anteriores al suyo, donde ahora imperaba la honestidad y la higiene administrativa. Que en su grupo de colaboradores no existían personas corruptas, propias de un pasado que él empezaba a corregir.

Esta nación vivía bajo la sombra, protección y vecindad del país del norte, el mas rico y poderoso del mundo, con un Presidente que deseaba tener mas dinero, razón por lo que era considerablemente menos ambicioso que su vecino del sur.

Los empresarios importantes de cada país se destacaban por talentosos y competitivos, pero el conjunto de los del norte habían hecho tal acumulación de riqueza que al pobre Presidente norteño sólo le quedaba acercárseles un poquito a sabiendas de que nunca los alcanzaría. Esto lo humillaba y lo enfurecía, por lo que se la vivía de rabieta en rabieta, amenaza y amenaza dirigida a todo aquel que se le pasaba por la cabeza. Él hubiera querido ser rey, pero una fuerte y capaz oposición se lo impedía. Desde que la monarquía inglesa conquistadora fue expulsada, la república democrática quedó firme sin permitir un regreso al pasado. Era muy difícil romper tamaña tradición con mas de dos siglos de historia.

Las cosas eran diferentes en el sur.  Su calidad de independiente del reino español había sido interrumpida por dos regímenes monárquicos. Dos emperadores lo gobernaron: Iturbide y Maximiliano, con seguidores imperialistas, que al observar las veleidades del Presidente y sus corajes por las decisiones de los jueces, le empezaron a confirmar pensares no novedosos para él: que era el hombre mas inteligente, mas talentoso, honesto, amoroso, capaz, perspicaz, profundo, avispado, astuto, guapo, etc., de toda la nación.

Por haber sido electo bajo un régimen democrático, al término de su mandato, el Presidente sureño debería irse a su casa, lo que vale la pena señalar que era un rancho con el fatídico nombre de La Chingada. Por su enorme apego al poder, desde el inicio de su mandato consideró la conveniencia de que su esposa lo siguiera en la Presidencia y después de ella alguno de sus hijos, ya que la Constitución prohibía la reelección, que era bandera de revoluciones pasadas y con lo que muchísima gente estaba de acuerdo. De esta manera, se dijo, su familia podría detentar el cargo por un período de 18 años y quizás mas, ya que el término presidencial era de seis años; sin embargo, a últimas fechas venía desconfiando de su esposa que parecía no darse cuenta de su grandeza e inclusive de sus hijos que no faltaron ocasiones en las que tuvo que llamarles la atención por falta de respeto.

Embelesado por el poder que disfrutaba a plenitud, empezó a considerar la posibilidad de convertirse en Rey o Emperador, lo que le permitiría mantenerse en este nuevo cargo por el resto de su vida y hasta heredarlo. Se encargaría que tuviese las mayores facultades posibles. Pensó en la época prehispánica y los emperadores aztecas que siempre lo encandilaron. Quienes impartían justicia que no se discutía

Se acercaban las elecciones intermedias de los diputados y corría el riesgo de no poder modificar a su gusto la Constitución, lo que era indispensable para establecer la monarquía. En la madrugada y a obscuras frente al espejo, empezó a saludar a Andrés Manuel I, lo que se dijo implicaba un sacrificio, un sacrificio que Él estaba dispuesto a dar en aras de la nación. Se repitió la tontería de Iturbide de ser coronado en la Catedral Metropolitana. Él lo haría en << ….El Hemiciclo a Juárez… o quizás en el Monumento a la Revolución. Es un lugar que se presta para juntar mas gente, los que pueden hacer una valla de guirnaldas a mi paso hasta Palacio Nacional… aunque no me gustaría que me pusieran sobre la cabeza una corona, lo mejor sería el penacho de Moctezuma>>.

Para empezar a medirle el agua a los camotes, le dijo a los medios, en una madrugada inspiradora, después de que había ordenado a tres secretarios de estado a no cumplir lo preceptuado por la Constitución, lo que de por sí mismo ya era un afrenta al estado de derecho: “Si hay que optar entre la ley y la justicia, no lo piensen mucho… decidan a favor de la justicia”. Al decirlo, le vinieron de nuevo a la mente los reyes de la antigüedad. Al darse cuenta de que la mayoría de los nacionales de su país y las redes sociales no presentaron decidido y contundente rechazo, se convenció de la cercanía de algo que deseaba muy dentro: impartir justica, como se le había enseñado al estudiar la biblia, que era hábito admirado por los súbditos del Rey Salomón. Iluminar al pueblo con decisiones sabias e inspiradoras, sin palabras ni posturas de leyes y leguleyos. Esto, se dijo, es elevarse a alturas que deben ser reconocidas en la Constitución y para ello, ser Emperador es lo indicado.

Mientras esto sucedía, el Presidente norteño, varias veces a la semana les echaba la culpa de muchos males internos a los habitantes del país sureño, lo que ambos mandatarios tenían bien entendido como un proceso para la obtención de votos en las próximas elecciones del Presidente norteño. Ambos Presidentes se respetaban y trataban lo mínimo y con pincitas, ya que reconocían en el otro la posibilidad de actos imprevisibles y por ende riesgosos.

Este es sólo el primer capítulo de lo que vino a suceder. El siguiente capítulo lo habré de escribir en su oportunidad. Pido a mis lectores paciencia, que esta ficción de verdades y mentiras termina hasta que termina, aunque a mas de uno ya se le quemen las habas por conocer el final.

Deja un comentario