| Ignacio Gómez-Palacio

México se ha perdido y no lo podemos encontrar

No es una búsqueda individual o aislada. Somos millones y millones los que nos asomamos a la calle, escuchamos las noticias, leemos revistas y periódicos, platicamos entre nosotros, visitamos pueblos y ciudades del país y no lo podemos encontrar. Me he percatado que quienes mas lo buscan son personas de treinta años o mayores.

¿Dónde está nuestro México del que tanto tanto nos orgullecíamos? Ese del dicho que repetíamos con frecuencia: “¡Como México no hay dos!”. Ese que nos hacía cerrar los ojos de la emoción cuando cantábamos “… si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Ese México que nos provocaba ensanchar el pecho frente a los extranjeros o cuando estábamos fuera del país, nos pavoneábamos al decir nuestro origen con motivo de su aceptación universal. La gente se acercaba al saber que uno era mexicano. El mundo entero simpatizaba con nosotros. Nos sonreían y querían estrechar nuestra mano y que les platicáramos de Acapulco, las pirámides y el Distrito Federal.

Recientemente, en el extranjero, al ayudarme a bajar las maletas del automóvil, el dueño de la casa de huéspedes me preguntó de donde éramos. “De Mexico” le contesté. De inmediato me dijo: “I am sorry”. Claro, tal contestación me llevó a un debate, pero su reacción me sorprendió. Salí herido.

Se me ha dicho que alguien vio a México en el Café de la Parroquia, en el puerto de Veracruz, en las voces de una jarana y que también se deja ver a veces en grupos de jugadores de paco y dominó. En la Plaza Garibaldi hace años que no se aparece, igual que en el zócalo capitalino. En Bellas Artes, en esos días en que El Ballet Folklórico hace alarde de nuestros bailes, música y colores, nos salen chapitas en la cara por el arte y la originalidad que hemos producido y entonces México se asoma en nuestros corazones por un ratito. Alguien me dijo que México se ha dejado ver en los altos del Soconusco y en lo profundo del Cañón del Cobre, aunque por espacios de tiempo muy breves. Antes de poderlo ver de frente y abrazarlo, se escabulle en las palabras de un locutor que anuncia por el celular la captura de algún jefe de la droga o los crímenes de sicarios.

¿Qué es esto de que existen catervas de delincuentes que portan granadas propias de la guerra, armas largas y ametralladoras, con las que toman por sorpresa a sus enemigos en restaurantes, cantinas y carreteras, donde mueren inocentes como figuritas de feria, de esas de latón a las que se apunta para ganar una muñeca de barro? ¿Qué es esto de que a los policías se les agrede al grado de que turbas embravecidas se acercan a las vallas que les ordenan tender, para pegarles en los pies y tirarles bombas molotov? ¿Cómo es que todos los delitos van a la alta, lo mismo secuestros y extorsión, que homicidios culposos y robo de vehículos y casas habitación? ¿Dónde ha quedado el ¡como México no hay dos!

¿Qué sucedió? ¿Fue culpa del metro en la CDMX y sus estaciones y pandillas? ¿De las películas y la televisión que nos convencieron que las güerotas, las mansiones, los automóviles de lujo y el dinero era a lo que deberíamos aspirar? ¿Fue culpa de las corruptelas de la policía, los ministerios públicos, los jueces y miles de funcionarios públicos que día a día se enriquecían con sus tranzas, igual que los partidos políticos? ¿O la culpa la tiene la influencia del idioma inglés y los narcocorridos, lo que hoy hace que los sicarios sueñen embriagados de whiskey etiqueta negra, jacuzzies, espejos y sábanas de seda, dispuestos a arriesgar la vida y la de sus seres queridos en aras del oropel?

Recuerdo cuando a los mexicanos que regresaban de los Estados Unidos con carros inmensos, verdaderos lanchones (donde querían subir a la parentela) y trajes de telas lustrosas, se les llamaba “pochos”, término peyorativo que era un insulto y les aterrizaba sobre la cabeza un dejo de traidores por buscar fortuna lejos de nuestra patria, en vez de rifársela con nosotros.

Mi abuelo Antonio, duranguense de cepa y dientes manchados por el agua ferrosa del Cerro del Mercado, escribió un poema largo del que tomo esta estrofa:

¿Qué vale alguna vida que se corta
Para que tenga nuestra patria vida?
No importa, no, que nuestra sangre fluya,
Si va, cuando vertida,
A salvar una gota de la suya.
Periódico Oficial de Durango, 21.febrero.1915, p3.

 

Este era México. Sé que todo cambia, que nada es para siempre, pero existe un abismo entre la transformación natural e inevitable y el profundo deseo de muchos paisanos de abandonar nuestra patria para siempre. De mis cuatro hijos, dos adoptaron nacionalidades del norte, cuando antes eso era causa de pérdida de la nacionalidad mexicana. Hice lo que pude para prepararlos y el beneficio ha sido de otros. Era una época en la que era extremadamente difícil para cualquier extranjero adoptar nuestra nacionalidad. Hubo sexenio en el que otorgaron 3 o 4 nacionalidades mexicanas en total, un verdadero lujo para el que la recibía.

“¿A quién quieres mas?”, nos gustaba preguntarle a mi papá, que siempre nos contestó: “Primero es México, después tu mamá que va a estar conmigo toda mi vida (lo que sucedió) y después ustedes por partes iguales.” México era primero en mi casa y en muchas casas de mis parientes y amigos. A México se le adoraba. Con México no se jugaba.

Hoy, México se ha perdido aplastado por cerros de políticos-comerciantes que trafican “poder”. Lo venden, compran y negocian día a día, hora tras hora. México está perdido en la podredumbre de partidos políticos sin metas altruistas. Perdido en cerros de narco traficantes, criminales y funcionarios públicos de los tres poderes y órdenes de gobierno, que desgarran al país sin misericordia con un afán de enriquecimiento que no conoce límites. Sin embargo no todo se ha perdido. Aún existen grupos de gente honesta que desea el bien del país y de su comunidad y no están dispuestos a delinquir para obtener ganancias ilícitas. El problema del gobierno actual que se vanagloria de honestidad, es su hermandad con la mentira y la hipocresía, así como su falta de preparación y capacidad. No se ha enterado que es mucho mas difícil saber gastar que saber ganar el dinero.

Está de moda criticar el nacionalismo. De considerar un atraso el desear el bien de nuestro país, pues a quien tal postura sostiene se le unta en la cara la importancia de mejorar a la humanidad, como si lo uno y lo otro estuviesen en campos encontrados y dispares. Nada mas equivocado. Ver por la casa propia, educar y cuidar la salud y bienestar de sus miembros, obra en beneficio de la comunidad, del país y de la humanidad entera. Lo cierto es que vivimos junto al país mas nacionalista del orbe, cuyos ciudadanos enarbolan la bandera de las barras y las estrellas en sus casa y jardines el año entero, la usan como vestimenta y en adornos varios. Nacionalismos férreos como el francés, el alemán y otros, son estimulados por sus gobiernos.

¡Vámonos! Me decían mis cuates de la cuadra cuando apenas tenía once años. Nos subíamos a nuestras bicicletas y transitábamos las tres calles que nos separaban del Parque México, sin la menor preocupación de nuestros padres y de nosotros mismos, mientras en el radio sonaba la competencia entre Pedro Infante y Jorge Negrete por quienes se votaba por teléfono. Durante mi secundaria y preparatoria me regresé a pie con mi amigo Roberto, desde mi escuela en la Villa de Guadalupe hasta la Colonia Hipódromo Condesa donde vivíamos. Los roba chicos era amenaza de algunas gentes que lo usaban para asustar a los niños, igual que nos decían de La Llorona, las brujas y los vampiros que chupan sangre.

¿Dónde está Mexico? ¿Cuándo y dónde lo podremos encontrar o es que ya lo perdimos para siempre? ¡Y nunca, nunca volverá!

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