| Ignacio Gómez-Palacio

MURCIÉLAGOS FUMADORES

El año pasado (2019) salió a la venta, publicado por el Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal y la Secretaría de Turismo del Estado de México, el libro de mi autoría titulado “Relatos, Rincones y Rostros de Valle de Bravo”. En cada uno de sus numerosos capítulos se incluyen anécdotas desconocidas. Entre ellas escogí “Murciélagos Fumadores”, que dice así:

Fue muy difícil prever que en la época de la crisis económica [cuando se construyó la presa y el lago, eliminándose la agricultura de El Plan, del que dependían los dineros del pueblo], surgieran murciélagos fumadores de cigarros de tabaco obscuro. Y es que la vida es una cadena de anillos enlazados y cuando algo sucede, nunca se sabe donde va a parar la bolita.

         Fueron años en los que muchas casas quedaron abandonadas y otras a medio ocupar, pues cantidad de personas se fueron a Toluca y a la capital del país en busca de trabajo. El Plan lo había inundado el gobierno y pocos se animaron a cultivar en las partes altas. Con ayuda de la polilla, los murciélagos se encargaron de rascar en las partes altas de las paredes de adobe, donde se juntan con las vigas para sostener los techos. Hicieron infinidad de huecos y ahí anidaron por cientos. Como podían entrar y salir entre las tejas, que con los temblores de por aquí se mueven a cada rato, encontraron el sitio de sus sueños y se multiplicaron como los peces en el evangelio. Desde la banqueta se oían los chillidos por la cantidad de animalitos.

         El Chamorro llegó a Valle con sus papás. Estaba en la secundaria. Cuando vino una plaga de insectos delgaditos con cabeza negra que sacaban ronchas duras como piedras, encontró que en las casas abandonadas se los comían los murciélagos. Como le gustaba ver cómo le volaban cerca y no les tenía miedo, pues ahí hizo su guarida para fumar y rascarse los huevos. Una tarde noche se quedó dormido unos minutos, con el cigarro encendido que dejó en un traste. Al abrir los ojos vio como uno de estos lo chupaba y chupaba con afición de verdadero fumador. Alrededor de él se mantenía espeso del humo que sacaba entre la lengua colorada que tienen. Se enterneció y al día siguiente llegó con una cajetilla de cigarros Faros. Una cajetilla de papel delgado que eran los más baratos que se podían adquirir. Al darse cuenta que pocos se acercaban se puso a cazarlos y a varios los metió en un costal. Entonces, con la ayuda de un amigo, los tomaron de las alas y les metieron el cigarro en la boca. Los animalitos no tuvieron más remedio que inhalar y empezar a fumar. Pasó como con los humanos, a unos les gustó y a otros no. Los que le agarraron afición, llegaban a pedirlos. Fue cuando ideó colocar varios encendidos en un cenicero redondo. Daba gusto ver al grupo de compadres chupa y chupa, fuma y fuma. Como El Chamorro nunca les hizo daño, se confiaron. El grupo de fumadores creció, ya que la colonia de estos se había propagado en esa casa en serio. El Chamorro empezó a cobrar a sus compañeros de escuela cinco centavos la entrada; pero su papá consiguió empleo en Irapuato y se lo llevaron. Confieso que esto yo no lo vi, pero me lo contaron. Palabra, palabrita.

         De los murciélagos fumadores ya nadie se acuerda, aunque no faltará que en alguna fiesta, de esas de boda que ahora se acostumbran en los ranchos, alguien tire una colilla y un descendiente alado le llegue a dar unos toquecitos, contagie el gusto a camaradas alados y empiece a darles cáncer de pulmón y enfisema, lo que deben tomar nota las sociedades protectoras de la fauna silvestre. Digo.

 

La distribución este libro es muy reducida, pero si deseas adquirirlo, marca los siguientes teléfonos del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal del Estado de México, en Toluca, donde te informarán: 722 167 00 69, 722 2154 569 y 722 215 4569 o en el siguiente correo electrónico [email protected]

 

 

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