| Ignacio Gómez-Palacio

Un cuento atroz

Imagínate que eres dictador de una pequeña nación africana, de esas que tanto trabajo les cuesta superar sus conflictos tribales. Que estás convencido que la única manera de sacar al país adelante es distribuir rápidamente la riqueza que se encuentra mal repartida entre la minoría de la tribu fifí y la mayoría de la tribu pueblo, aunque al hacerlo enciendas rencores y provoques resentimientos. Que llevas muchos años de estar convencido de los crasos errores de los primeros, que se han acercado a estados que han adoptado soluciones económicas globalizantes, sin prestarle al país y a sus habitantes la atención que requieren. Que llevas años de romperte la cabeza contra un muro fifí, que no te ha permitido avanzar y que finalmente has logrado derrumbarlo y eres el mandamás del país. Cierras los ojos y no lo crees. , , , hoy, eres el Chipoclotudo Mayor.

Lo primero que vas a cambiar son las leyes y para ello has creado un partido político que es mayoría en el Congreso. ¡Buen principio! Llevas algunos meses en el poder administrando los temas energéticos, educativos, hacendarios, turísticos, etcétera, de lo que poco sabes, pero has tenido el tino de encargárselos a gente leal. Tu descontrol de muchos medios de información, que sabes dirigidos por la tribu fifí y también la conducta perniciosa de jueces corruptos, que dejan libres a quienes Tú consideras delincuentes, son dos piedras en el zapato que estás resuelto a remover.

Ordenas traer a Tu presencia a los mas astutos de Tus sabios y asesores, que prestos acuden a Tu llamado.

—¿A quién le toca resolver la legalidad en la aplicación de las leyes? —les preguntas y añades—,  Me refiero a las leyes y modificaciones constitucionales que he ordenado y por supuesto a todas las leyes del país.

—A… a… los jueces, SEÑOR PRESIDENTE, Y en última instancia a los Ministros de la Suprema Corte de Justicia, SEÑOR PRESIDENTE. Son once y USTED ha nombrado a tres.

—Bien saben que a Mí no me gustan las minorías. Hagan lo que tengan que hacer. Modifiquen leyes, la Constitución, pero no puedo seguir permitiendo que otros decidan sin Mi control.

—Po…po… podríamos modificar la Constitución, SEÑOR.

Yo no les voy a decir que hacer. Háganlo y punto.

El grupo de cinco lacayos bien vestidos se apresura a salir. Caminan hacia atrás para no darle la espalda al SEÑOR. Cierran la puerta despacito, sin hacer ruido y se ponen a trabajar.

Los cambios legales necesarios para darle gusto al Chipoclotudo Mayor, sólo toman unas cuantas semanas. En la primera noche de triunfo absoluto y consumado, Te acuestas. Tus pensares Te llevan a esas negras noches de pesadillas en Tu casita en el Fraccionamiento Galaxia, cuando te enojabas con Tus vecinos que se negaban a acompañarte a cerrar la carretera Villahermosa—Coatzacoalcos, seguido del fraude electoral que Te hicieron para darle el triunfo a Madrazo. Al posar la cabeza en la mullida almohada y con la vista perdida en el infinito del techo, meditas:

<<Tengo el control en la creación de las leyes y los cambios a la Constitución, Soy quien ejecuta y administra esas leyes y ahora controlo la solución de los conflictos entre las tribus, entre fisco y contribuyentes, entre patrones y trabajadores, entre hacendados y campesinos, entre todos y todos. ¡Ah, qué bonito se siente! Y pensar que si no Me reelijo, Mi linda esposa puede seguir Mi obra y nos echamos otros seis años, mientras mis hijos crecen. A ellos les veo posibilidades de políticos hábiles. Esta es la verdadera T4. Qué bien Me siento. El doctor no lo cree. Se queja de que trabajo mucho. No sabe lo que es el estímulo de la vitamina P. La VITAMINA DEL PODER, esa que tomaban los líderes sindicales que se sentían eternos, claro, hasta que Yo llegué. >>

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