| Ignacio Gómez-Palacio

Un Ex-Pocurador de la CDMX me lo contó

Tomo de mi nueva novela “El Francotirador de Palacio Nacional”, dentro de la que se inserta una crónica sobre quienes iniciaron el movimiento ciudadano para la adopción de los juicios orales, el siguiente texto. Relata la sorpresa de quien llevaba varias décadas como litigante penalista e inclusive procurador,  y se involucra por primera vez en un juicio oral:

“Rodolfo Felix Cárdenas, litigante penalista con despacho en la Ciudad de México y ex Procurador del Distrito Federal, en 2011 acepta representar en Oaxaca, a Silvano Tapia González, acusado de violación agravada en perjuicio de menor. Oaxaca había adoptado el proceso oral desde 2007, por lo que resulta un reto profesional para Rodolfo y demás miembros de su despacho, acudir a enfrentarse a ministerios públicos con experiencia de más de cuatro años de manejar múltiples casos. A sabiendas de que en 2016 los juicios orales se adoptarían en toda la República, este equipo de profesionales toma la decisión de adelantarse y afrontar lo inevitable. Han estudiado en libros y talleres, pero carecen de la riqueza de la práctica.

Comandados por Rodolfo, un abogado con treinta años de experiencia en materia penal, catedrático de la Escuela Libre de Derecho, fornido, de estatura media, carirredondo, semi calvo, moreno, expresivo, que usa constantemente sus manos regordetas y se distingue por ser un apasionado de su labor, un grupo de penalistas estudia durante meses. Hacen varias visitas al lugar de los hechos. Trazan su estrategia y metas a alcanzar en la audiencia, apoyados por el diseño de un método de trabajo nuevo. Se encuentran frente a un rompecabezas en el que cada prueba es una pieza.

El traslado a Huajapan para la Audiencia de Juicio se realiza en tres vehículos con atriles, señaladores digitales, maniquíes, portafolios pesados con ruedas y un alto espirit de corps,fortalecido por un sentimiento de pionerismo, que los hace evitar cenas pesadas y tomar desayunos ligeros, para estar listos a las nueve de la mañana, hora en la que a diario inicia el juicio que dura trece días. Su profesionalismo frente a la responsabilidad de defender, a lo quien en conciencia consideran inocente, reporta frutos. Su decisión de tomar el caso es visionaria.

Silvano Tapia es un hombre de familia hemipléjico, de la tercera edad, de cara enjuta, cabellera profusa, con una verruga grande debajo de un ojo, que se distingue a metros de distancia. Su enfermedad le provoca parálisis del lado izquierdo de la cara y del lado derecho del cuerpo. Su brazo derecho carece de fuerza, no puede sostener objetos, ni darse de comer. La mano la tiene con los dedos metidos, (lo que se conoce como “mano de garra” o “mano de león”). Arrastra el pie y tiene disfunción eréctil. Es padre de una familia numerosa que vive en la misma casa, salvo dos hijos casados. Todos se cooperan para los gastos del hogar y en particular para la elaboración de tlayudas (parecidas a las “gorditas” de maíz) que venden en el mercado. Una de sus hijas lo baña y le da de comer. La comunidad le tiene aprecio por haber participado como albañil en la construcción de una de las iglesias de Huajapan de León, igual que en su momento lo hicieron su padre y su abuelo. En dicha ciudad oaxaqueña se comete el delito y por ende ahí se celebra el juicio.

En 2010, la policía apresa a Silvano y lo presenta ante el ministerio público, como responsable de violación agravada en perjuicio de una menor, cometida varios meses antes. La menor, una niña, declara que se encontraba jugando a las escondidillas, cuando un hombre la toma de la cintura por atrás, ella voltea y lo ve. Se suelta. La persigue. La alcanza. Ella lo muerde en la nariz. Sangra. Entonces el atacante le enseña un cuchillo, la amenaza y la baja a una barranca junto, donde consuma la violación. La niña llega a un hospital tres días después infectada y en estado grave. Ante el riesgo de perder la vida es trasladada a la Ciudad de México donde se recupera. De regreso a Huajapan, un perito designado por el ministerio público hace un retrato hablado de una persona calva, de facciones burdas, sin bigote, de aproximadamente cuarenta años de edad, mismo que se publica en la prensa, con la narrativa de los hechos, lo que provoca la reacción de la comunidad. Hombres y en particular mujeres fuertes y poderosas del Estado de Oaxaca exigen apresar al culpable, en tanto los padres de la menor la pasean días y días por la calles de la ciudad, con el propósito de que identifique al agresor. Quizás presionada por la necesidad de identificar al culpable, señala a un anciano, que se distingue por su andar torpe causado por parálisis de medio cuerpo. Al día siguiente la policía apresa a Silvano. La comunidad acude con pancartas a reclamar la detención, en las que expone su demanda de liberar a Silvano, a quien consideran inocente. La protesta se reporta en la prensa, junto con el retrato hablado y la foto de Silvano.

En la Audiencia de Juicio queda comprobada la nula investigación de la policía, la enfermedad del acusado y sus limitaciones físicas, el hecho de que el retrato hablado no coincide con sus rasgos faciales, la falta de huellas en la piel delicada de la nariz que una mordida con sangre hubiera dejado, el respeto que le tiene la comunidad (mediante peritaje de antropólogo social), el ser un hombre de familia con un historial limpio y que en el momento de ocurrir la violación, se encontraba en misa donde diferentes testigos confirman haberlo visto, así como otros incidentes relacionados. El tribunal (integrado por dos mujeres y un hombre, una de las cuales ocupa la presidencia), emite un veredicto de inocencia y ordena la inmediata puesta en libertad de Silvano. El instantáneo llanto del acusado, el de sus familiares y amigos, concluye con un aplauso del público presente. La familia, amigos y el equipo completo de abogados acompaña a Silvano, “en condición de libre”, sentado en el asiento delantero de un carro de policía, con la ventanilla abierta, a recoger sus pertenencias al reclusorio donde estaba encarcelado. Entre vítores, el grupo se traslada a la catedral a dar gracias. Rematan en casa del ex reo donde se celebra una verbena popular de amigos y vecinos. El resultado es el incremento en la credibilidad en la impartición de justicia y el nuevo método. También resulta importante el que se hubiera realizado ante los ojos y oídos de la comunidad.

Destaca la capacidad de los jueces durante el juicio y una ejemplar sentencia razonada al detalle, así como la preparación y capacidad del ministerio público (o fiscal como se le denomina en otros países), y la defensa, que al terminar el juicio se dan la mano, todo ello en un pequeño poblado de  69,000 habitantes a 190 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, en la zona de la región mixteca, que pudiera ser considerado lejos de la modernidad. Se demuestra la posibilidad real de los actores dentro del juicio (jueces, ministerio público y defensa) de adoptar con eficacia el proceso oral y se exhibe la incapacidad y desatención de la policía, que no practica un análisis del lugar de los hechos, ni investiga para obtener información de relevancia al caso, lo que acarrea la consecuencia negativa para el poblado de saber que el culpable no ha sido aprehendido y castigado.

Para Rodolfo Felix significa una decisión existencial, ya que si bien en el pasado había demostrado interés en el propósito de lograr la reforma judicial (durante algunas reuniones que propició el Instituto Mexicano para la Justicia, A.C., al ocupar el cargo de procurador de la ciudad más grande del mundo, se ve inserto en la actitud en contra de sus superiores y en la febril actividad que conlleva el puesto, razones que lo alejan de su anhelo reformista y le encajan la duda, esa duda que confunde y deja la nave a la deriva. Tras renunciar a su designación, un viaje profesional inesperado lo lleva a Santiago de Chile, donde asiste de motu propio, como parte del público, a audiencias de juicio. Ahí se auto encuentra. Al retomar la práctica profesional, con la experiencia adquirida, regresa a sus aspiraciones de años atrás, razón por la cual acepta la representación de Silvano Tapia. Lo que no anticipa es lo que habría de sentir en lo más profundo de su ser, al terminar el procedimiento y obtener la libertad de un inocente. Un medio día en su oficina me confiesa con voz cortante:

—Me sentí abogado. Por primera vez en mi vida profesional me sentí en verdad abogado. Abogué por mi cliente frente a los jueces. Preparé con meses de anticipación lo que a mi juicio sería la mejor defensa. Rebatí los argumentos y pruebas del ministerio público y aporté los de la defensa. Lo hice frente a Silvano, sus parientes y la comunidad que abarrotó la sala de audiencia. Durante mis años de ejercicio profesional, nunca había sentido tamaña satisfacción—, con los ojos húmedos de quien vuelve a creer. De quien requiere creer para vivir. De quien ha buscado y encuentra.

Estaba atrás de su escritorio. Compartíamos un café. No se podía contener: —Vivimos en un error en este país con la práctica procesal penal que hemos tenido. Te platico que un amigo, Alejandro González Gómez, que fue magistrado del Tribunal Superior de Michoacán, al saber que había regresado a la Ciudad de México, me llamó por teléfono.

—Te hablo para una sola cosa. ¿Cómo te sentiste?— me preguntó.

—No me detuve a pensar. Contesté en automático. ¿Sabes cuál fue mi respuesta? “Me sentí abogado”.

—¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? —me dijo— ¿Del calibre de tu contestación?

—Ahora que lo pienso, sí—, le contesté.

—Tú, que has estado metido en tantos casos, ¿ahora me vienes a decir esto?—, con voz de incredulidad, de quien no esperaba una respuesta que en lo personal sintió como cachetada a él y a los demás “litigantes penalistas” del país.

—Es la primera vez, en un escenario distinto, que veo, que me doy cuenta del valor del nuevo procedimiento, a diferencia de estar litigando entre tortas, boleros y vende chicles. Este es otro ambiente. Un ambiente de nivel, donde surge un debate argumentativo, jurídico. En una sala de audiencias donde impera el respeto y se siente la justicia. Es un verdadero trabajo de abogado. Donde dices, el esfuerzo que le metí valió la pena—, y al pausar clavó la vista en un librero con un mirar de quien ve a distancia, se acomodó en la silla y sin poder contenerse, con el puño apretado:

—Finalmente me dije: ¡yo soy de aquí! Yo sí encajo en este sistema. Me doy cuenta y mi equipo se da cuenta, que nosotros sí somos abogados para ejercer conforme a esta nueva práctica. Lo digo, porque habrá otros abogados que no lo van a ser. No van a encajar.”

Esta y otras historias de triunfos del nuevo sistema difícilmente se conocen, ya que los medios no publican las buenas noticias y se concentran en las malas. Como en alguna ocasión alguien de ese mundo me aseveró: “lo que se vende tiene que apelar al morbo o narrar sexo o violencia; lo demás no interesa".

Seguiré escribiendo de estos temas que nos hacen sentir la importancia y los logros de nuestro nuevo sistema de justicia. El valor de los juicios orales. Otros casos dramáticos los reporto en mi novela El Francotirador de Palacio Nacional, que se puede adquirir impresa o digital en www.tintalaire.com, Librerías Porrúa y próximamente en Gandhi y otras.

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